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José Carlos Rodríguez

Y George Bush volvió a la Casa Blanca

Obama se ve como un instrumento de cambio de la sociedad, igual que Bush, y el poder de Washington, la herramienta más adecuada.

José Carlos Rodríguez
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Barack H. Obama jura como 44 presidente de los Estados Unidos. El recinto queda desbordado por mareas de gentes de todos los rincones del país que quieren tocar con los dedos, o al menos ver sin una pantalla de por medio, a la epítome de la esperanza, del cambio, al vehículo de la catarsis. No se ve tanto entusiasmo desde que llegó al poder el primer presidente demócrata, el gran Andrew Jackson, que estuvo a punto de perecer el día de su toma de posesión, arrollado por una masa entusiasta. Desde Lincoln el nuevo presidente tiene un cerco de seguridad en derredor que le protege de cualquier incidente. Los periodistas de todo el mundo, con un entusiasmo mal disimulado, dan cuenta del evento y cifran el futuro de la humanidad en frases cortas e impactantes.

Pero ninguno da con el titular del día: "Barack Obama continuará el legado de George W. Bush". Cabría pensar que los periodistas huimos de titular con obviedades, aún a costa de evitar la noticia, como sería el caso. Pero no. Me da que la noticia del día pasará desapercibida, y es precisamente ésa, que una marea de gente celebra un cambio, cuando lo que tendrá lugar es esencialmente la perfección de la esencia de la Administración Bush II: el encumbramiento del poder sin límites, la erosión de la mejor y más antigua democracia, el entierro de los Padres Fundadores y de su excelsa y frágil creación.

Su lucha contra el terrorismo le ha colocado en la posición de ser él instrumento del terrorismo. La Patriot Act le otorga el poder de espiar a ciudadanos estadounidenses sin orden judicial, basándose simplemente en la sospecha. Si el sospechoso es el ciudadano y no el poder, ¿podemos decir que vivimos en una democracia? Bush ha asentado, hasta donde ha podido, el principio de que el presidente de los Estados Unidos está por encima de las ramas legislativa y judicial. Ni siquiera la Constitución es freno para su poder, ya que como dejó claro en una "declaración firmada" aneja a la ley que le prohibía torturar a los meros sospechosos de terrorismo, "los presidentes no tienen porqué adherirse a las declaraciones de inconstitucionalidad de Congreso, o las decisiones de la Corte Suprema". Su paso por Washington ha supuesto un nuevo aldabonazo a los derechos de los Estados frente al Gobierno federal.

Obama no será distinto. Para él, la Constitución es algo vivo, cambiante, y fruto de las circunstancias del momento, como el texto de 1790 lo fue del suyo, de modo que la Constitución americana, tal como la conocemos, es papel mojado. Él se ve como un instrumento de cambio de la sociedad, igual que Bush, y el poder de Washington, la herramienta más adecuada. Eso sí, mientras Obama apuntala el edificio de poder erigido por Bush, los periodistas están preocupados por saber en qué mes cerrará Guantánamo. Con esta prensa, el nuevo Bush lo va a tener muy fácil.

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