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Frente a la crisis, más liberalismo

El progresivo aumento del paro afectará en primer lugar a los trabajadores menos cualificados, tradicionalmente ubicados en la construcción, buena parte de los cuales son inmigrantes llegados a nuestro país en los últimos años.

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Lo ha dicho Miguel Ángel Fernández Ordóñez, MAFO en la jerga periodística, en su última comparecencia en el Senado: las cartas económicas vienen mal dadas para el próximo año y tal vez incluso para el siguiente.

Es sorprendente que el aparato económico de nuestro Gobierno y el Congreso de los Diputados hayan dado luz verde a unos Presupuestos Generales del Estado que parten de unos supuestos macroeconómicos que, a día de hoy, están ya hechos trizas y que además se han permitido el lujo de financiar las dádivas electorales de Zapatero. Pero ya sabemos que el papel lo aguanta todo y, además, que en periodo electoral cualquier artimaña vale, especialmente si sirve a la propaganda oficial.

La economía española ha dependido extraordinariamente en los últimos siete años de dos grandes palancas: el sector inmobiliario, de un lado, y el consumo doméstico, de otro. Los inmigrantes llegados a nuestro país han sido en buena parte el motor de esas dos palancas clave de nuestro patrón de crecimiento. Cuando han llegado a España a trabajar han adquirido o alquilado una vivienda y se han visto en la necesidad de comprar electrodomésticos, coches, enseres y, por supuesto, han incrementado el número de bolsas de plástico repleta de mercancías de nuestros comercios. Estamos hablando de un incremento de un 10% de la población española adulta en los últimos diez años.

A ello debemos añadir a partir de la primera semana de agosto las famosas turbulencias financieras, que han constreñido el crédito y además es posible que reduzcan, aún más, las ya decrecientes inversiones extranjeras en nuestro país. El "milagro" económico español ha sido financiado con créditos en el exterior, de modo que un debilitamiento de la situación financiera internacional tiene efectos inmediatos en nuestra economía.

El progresivo aumento del paro afectará en primer lugar a los trabajadores menos cualificados, tradicionalmente ubicados en la construcción, buena parte de los cuales son inmigrantes llegados a nuestro país en los últimos años. Muchas veces he escuchado a Caldera decir que España necesita más mano de obra extranjera. Y siempre he pensado que era un error no por el efecto llamada, sino porque, en realidad, no necesitamos más mano de obra sino trabajadores cualificados en este u otro oficio. Es la inmigración selectiva, algo que los socialistas aún no han incorporado a su vocabulario de lo políticamente correcto.

El repunte del desempleo tendrá lógicamente como consecuencia inmediata un mayor gasto social, aumentado además por los cheques electorales de ZP, en un periodo en el que es previsible que el Estado empiece a recaudar menos. Y supondrá también una importante reducción del consumo doméstico y un rebote de los actuales buenos datos de morosidad en los créditos.

Podríamos continuar. Pero lo que estamos encadenando aquí es simplemente el proceso en espiral característico de cualquier crisis económica. Por eso son adecuadas medidas de choque, como las planteadas por Rajoy sobre reducción de impuestos. Pero no basta, no es suficiente. España debe perder el miedo a afrontar verdaderas reformas en el plano administrativo-territorial y en el económico. Debe confiar en el liberalismo, después de prácticamente un siglo entero en brazos del morfeo intervencionista de izquierdas o de derechas. Para cambiar las cosas es necesario, y ya urge, cambiar de mentalidad.

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