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El llamado Plan de Racionalización del Sector Público Empresarial Estatal, ése que el Gobierno acaba de aprobar con el preceptivo estruendo de bombos y platillos, implicará un ahorro de... 35 céntimos por cabeza. Ni más ni menos.

José García Domínguez
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Contra lo que aquí sentencian las barras de los bares, el estrago peor de la Gran Recesión de 2008 no ha de ser la bancarrota griega que ahora toca pagar a escote, sino la quiebra de los fundamentos mismos de eso que con pretenciosa arrogancia llaman ciencia económica. Y es que se requiere algo más que una dosis cósmica de ingenuidad para conceder que todo el orden capitalista tiemble por mor de unas cuantas hipotecas fallidas en Alabama. Porque lo en verdad inquietante no es la insolvencia de Papandreu, sino la propia del canon, su definitiva incapacidad a fin de explicar un colapso sistémico como el que sufre Occidente, muy secundario epifenómeno heleno incluido.

Así, la economía lograría pisar, al fin, las alfombras de la respetabilidad civil, marcando distancias con la plebeya grey de las otras disciplinas sociales, al albur todas de charlatanes, demagogos y sofistas, cuando, hacia 1874, Léon Walras adoptó para ella idéntico instrumental matemático que la física de la época. Luego, ya a mediados del siglo XX, el refinamiento de las técnicas econométricas la afianzaría entre la aristocracia académica. Pero lo malo no es que las ciencias experimentales, las duras, ya hayan desechado –por inanes y obsoletas– esas herramientas aún tan suyas, sino que ninguno de los hechos importantes que surgen sobre el terreno se compadece con cuanto la teoría prescribe cierto, indubitado y seguro. Ninguno. Desde hace décadas.

Y aunque la modestia socrática siga sin figurar en los planes de estudios, al margen de la fatua jerigonza de los "expertos", tras las políticas económicas de los gobiernos poco más hay que prosaico sentido común, una mercancía al alcance de cualquiera. Por ejemplo, la ecuménica certeza de que a nadie, ni siquiera a Zapatero, le ha sido concedido endeudarse hasta el infinito. Mas no nos inquietemos. A día de hoy, la Deuda Pública del Reino de España sólo asciende a 10.575 euros por cada uno de los cuarenta y seis millones de habitantes del Estado, que diría Montilla. Frente a esa cifra, un llamado Plan de Racionalización del Sector Público Empresarial Estatal, ése que el Gobierno acaba de aprobar con el preceptivo estruendo de bombos y platillos, implicará un ahorro de... 35 céntimos por cabeza. Ni más ni menos. Tranquilos, pues.

Tertuliano de Es la Mañana de Federico y La Noche de Dieter.

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