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José García Domínguez

"Arrimar el hombro"

En España siempre ha sido norma arrimar el hombro durante las cogorzas en comandita. Pero de ahí a exigir al prójimo que se revuelque en una charca de fango con tal de arrimar el hombro aún media un trecho.

José García Domínguez
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Lo confieso, jamás he sabido qué es un "agujero". Me refiero a esos enigmáticos "agujeros financieros" de los que siempre hablan los periódicos con muy rutinaria naturalidad, dando por obvia la definición del concepto. Además, y con tal de no pasar por un tonto, tampoco me he atrevido nunca a preguntar a los expertos que pululan en las redacciones qué se quiere significar con el término. Así que, a mis casi cincuenta años, aún continúo en la absoluta inopia sobre tan misteriosas fosas patrimoniales.

Con la voz "burbuja" me viene a ocurrir otro tanto de lo mismo. Recuerdo que cuando estudiaba Económicas nos explicaron que la gente invierte su dinero con la esperanza, a veces vana, de obtener ganancias. Aquello no sólo lo comprendí sino que hasta me pareció razonable y sensato. El problema, digamos epistemológico, vino después, cuando los mismos cátedros nos revelaron que las "burbujas especulativas" suponen la fatal consecuencia de invertir pensando únicamente en lograr beneficios; el justo castigo a la avaricia, que diría el Solemne. Llegados a ese punto, descubrí que me había equivocado de profesión, aunque ya era algo tarde para aprender un oficio serio. Así que continué con la cosa hasta que me dieron el título.

En fin, venía a cuento el excurso porque tampoco uno alcanza a descifrar el preciso contenido semántico de la expresión "arrimar el hombro", ese cargante soniquete con que los socialistas nos mantienen acongojado a don Mariano. Y es que en España siempre ha sido norma arrimar el hombro durante las cogorzas en comandita, cuando, tambaleante ya, el personal da en arremolinarse antes de entrarle al "Asturias, patria querida". Pero de ahí a exigir al prójimo que se revuelque en una charca de fango con tal de arrimar el hombro aún media un trecho.

¿O acaso presume alguien que los bancos patrios reabrirían la espita del crédito por ver a Rajoy chocando esos cinco con Zapatero, el ínclito Duran, la señorita de Nafarroa Bai y el resto de la tropa? ¿Por ventura, gracias a una risueña foto de familia en La Moncloa, el sistema financiero más sólido del mundo dejaría de cargar con las valoraciones inmobiliarias más fantasiosas del planeta? ¿A tal extremo llegan las rémoras del pensamiento mágico por estos lares? País.

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