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Artur Mas: de Ítaca a Villadiego

Mas está muerto. Muerto y enterrado. Algo, la confirmación oficial de su deceso, que simplifica mucho las cosas.

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José María Marco, que es la cabeza mejor amueblada y menos cerril que posee la derecha pensante, suele decir que un nacionalista, ya sea español, catalán o australiano, es alguien que en el fondo odia a su nación, de ahí que ansíen tanto que deje de ser como siempre ha sido para transformarla, de grado o a la fuerza, en otra cosa. Es esa una de las claves profundas del nacionalismo catalán en la que nunca se repara los suficiente. Me refiero a su honda raíz rural o, si se prefiere, no urbana. Porque a los independentistas pata negra lo que más les disgusta es Barcelona, no España. Barcelona siempre ha encarnado su Babilonia particular. Tan mestiza, cosmopolita, charnega y, ¡ay!, bilingüe, Barcelona constituye una intolerable aberración identitaria a sus ojos.

No por casualidad la gran mayoría de los caudillos separatistas, desde Prat y Macià hasta Pujol, Carod o Junqueras, provenían –y provienen– de fuera de Barcelona. Y es que, contra lo que predica el lugar común, el nacionalismo es una enfermedad moral que no se cura ni leyendo ni tampoco viajando. Contra el nacionalismo únicamente existe una terapia que se haya revelado eficaz: la exogamia. Por eso los separatistas resultan ser tan fuertes en las comarcas del interior, allí donde la población está mucho menos mezclada, y pierden fuelle en la capital y en la costa. Nadie se extrañe, pues, de que la CUP haya ido a partirse por la mitad respetando esa misma divisoria tradicional: Barcelona ha querido matar al derechista y cleptócrata Artur Mas, mientras que las asambleas comarcales han pretendido hasta el último segundo rescatar al patriota, supremacista y libertador Artur Mas.

Pero, ahora mismo, Mas está muerto. Muerto y enterrado. Algo, la confirmación oficial de su deceso, que simplifica mucho las cosas. Porque, en los próximos siete días, lo poco que queda de los restos del naufragio de CDC tendrá que elegir. O ceder todo el poder institucional de Cataluña a Ada Colau, la casi segura ganadora en caso de un adelanto electoral, y su gente (en el Ayuntamiento ya se da por hecho que Pisarello ocupará la alcaldía en breve). O intentar salvar los muebles a la desesperada, ofreciendo en las próximas horas un candidato de consenso a la CUP, que podría ser Neus Munté. Por cierto, mi apuesta personal sigue siendo esa. Era un viaje a Ítaca, decía Mas, pero, a la hora de la verdad, ha puesto rumbo hacia Villadiego.              

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