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José García Domínguez

Baltasar Garçon

Nunca se hubiera permitido, por ejemplo, incomodar en vida al amo de Prisa, Jesús Polanco, a la sazón ilustre camarada adscrito a la centuria García Morato de Falange Española y de las JONS. Jamás. Hasta ahí podía llegar su feroz antifranquismo de salón.

A veces, Baltasar Garzón, probo servidor de su ego por cuenta del Estado, recuerda a la esposa de aquel diputado laborista inglés que, según Churchill, con la excusa de ejercer la prostitución en el puerto se dedicaba a introducir mercancías de contrabando en Londres. Así el garçon de la Audiencia Nacional. Ése que, entre otros celebrados números, dio en exigir perentorio certificado de defunción de Franco tras olvidar, víctima de muy oportuna amnesia, los expedientes médicos de Lasa y Zabala durante sus días de vino, rosas y candidatura al alimón con Mister X.  

Sostenía Cocteau que en estos tiempos del ascenso de las masas a las candilejas de la historia, la elegancia se ha convertido en sinónimo de estricta invisibilidad. Suerte que nuestro héroe sufre de alergia aguda a la letra impresa, porque si llegase a sus oídos tal sentencia, le abriría raudo una causa por desacato a la autoridad.

Por algo, no ha muchas ediciones de La Noria, un Garzón otra vez con mono de cámaras, flashes y olés de la afición, amagó con empapelar con efectos retroactivos a los padres de Cándido Conde Pumpido, María Teresa Fernández de la Vega, Juan Luis Cebrián, Manuel Marín, el rojo colorao Bermejo, José María Barreda, José Bono y Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros; todos, como es sabido, entusiastas servidores de la dictadura en vida del Caudillo.

Aquella charlotada, la enésima del togado Garzón, daría, amén del preceptivo gasto de saliva en las tertulias, para alguna incursión del terrible enfant en los telediarios, que era de lo que se trataba. Después, como siempre tras esos brotes patológicos, Baltasar caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Como tampoco nada habrá al finalizar esa causa por prevaricación presunta que le acaban de abrir en el Tribunal Supremo. Y es que nuestro furibundo narciso siempre se ha cuidado muy mucho de disparar con balas de fogueo. Igual que tantos milhombres con plaza fija en el gran teatro de guiñol hispano, Garzón es un tigre de papel. Así, él nunca se hubiera permitido, por ejemplo, incomodar en vida al amo de Prisa, Jesús Polanco, a la sazón ilustre camarada adscrito a la centuria García Morato de Falange Española y de las JONS. Jamás. Hasta ahí podía llegar su feroz antifranquismo de salón.

Nadie lo dude, lo absolverán.

Tertuliano de La Noche de Dieter.

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