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Barcelona, ciudad de pobres

Todo indica que la decadencia está aquí para quedarse.

José García Domínguez
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Barcelona, a vista de pájaro. En el centro, la Sagrada Familia | Cordon Press

En Barcelona, la capital más fashion y cool del Mediterráneo, la meca de esa cocina deconstruida tan cara a todo noveau riche que se precie, la de las tiendas de hiperlujo del Paseo de Gracia y los innúmeros hoteles de cinco estrellas, cada día hay más pobres. De hecho, en términos estadísticos ya solo estamos a un paso de ser catalogados como una ciudad pobre y de pobres. Así, la clase media, el orgullo de esta urbe que un día no tan lejano se creyó –y con razón– el motor creativo e industrial de España, representa ahora mismo apenas el 44% del padrón municipal. Una decadencia, la del que siempre fuera su grupo social más representativo, tan acelerada como en apariencia irrefrenable. Repárese, si no, en el hecho de que esa misma categoría sociológica agrupaba al 59% de la población local en fecha tan próxima como 2007.

Y es que, tras toda la parafernalia retórica que le resulta propia, la recurrente cháchara narcisista asociada al diseño, la obsesión por la arquitectura efectista y esa perenne pretensión algo provinciana de quererse vanguardia urbana de la modernidad, Barcelona recuerda cada vez más a la típica capital de república sudamericana: una abigarrada aglomeración de cemento estrictamente segmentada por las barreras de clase, con una pequeña minoría de ricos muy ricos, unas capas medias tan menguantes como marginales en cuanto su influencia política y una creciente masa de pobres que subsisten con unos ingresos que no dan para mucho más que la estricta supervivencia cotidiana. Si aquel Onofre Vouvila, el protagonista de La ciudad de los prodigios, se levantara de su tumba y fuera a darse una vuelta por su territorio de siempre, el delimitado por las Ramblas y el Paralelo, no se toparía con un paisaje moral y humano demasiado distinto al que conoció en vida, allá a principios del siglo XX. Y lo peor de todo es que no se trata de un paréntesis, una mutación circunstancial y episódica relacionada con los estertores de la crisis. Bien al contrario, todo indica que la decadencia está aquí para quedarse.

Barcelona, mal que le pese a Madrid, es la única ciudad española que juega en las grandes ligas internacionales. Como Londres o París, se ha convertido en un punto de destino global. Y de ahí, sin embargo, su, nuestra desgracia. Quisimos olvidar que la tan la añorada clase media, y en todas partes igual que aquí, es hija de la economía industrial, esa misma que pensamos que íbamos a poder orillar en beneficio exclusivo del monocultivo turístico. Y así nos va: en Barcelona, ahora mismo, tenemos más hoteles de cinco estrellas que nadie y también más pobres que nadie. Como Baleares, supremo paradigma de un modelo de crecimiento errado que solo conduce al ostracismo, Barcelona ha apostado todas sus fichas a la carta equivocada: el turismo, un sector de bajos salarios crónicos, mínima innovación tecnológica y que, además, atrae como un imán a inmigrantes poco calificados de los cinco continentes para incorporarse a sus plantillas. No nos imiten. Se arrepentirían.

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