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José García Domínguez

Camps y el Papa Luna

En la política, que es ocupación de profesionales en la que nadie conoce a nadie, insiste Camps en conducirse como un amateur, al modo de esos adolescentes ociosos que no se cansan de teclear diatribas pueriles amparados en el anonimato de internet.

José García Domínguez
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En el ingrato circuito de la política provincial, esa liga de segunda B donde estaba llamado a militar Francisco Camps, acaso no haga falta poseer un gran sentido del Estado, pero sí conviene tener un mínimo, elemental, sentido del ridículo. El suficiente, al menos, como para no incurrir en verbosidades que llamen a la piedad ajena. Así, sin ir más lejos, el último extravío solipsista del mentado Camps. "Soy el candidato más respaldado de todas las democracias occidentales", parece que ha dado en declamar el hombre, quizá ante un espejo cóncavo como los que adornaban el callejón del Gato. Aunque llueve sobre mojado. Pues no es la primera vez que ese don Francisco de la triste estampa abunda en desvaríos de muy parejo diagnóstico clínico.

Recuérdese cuando a propósito de sus pedestres cuitas con trapos, sisas y dobladillos, procedió a equipararse con las víctimas del Tercer Reich. Chusca desmesura que alcanzaría el culmen al emular con cómica seriedad al reverendo Martín Niemöller. "Primero fueron a por los judíos, pero yo no era judío...", recitó solemne. Episodios todos, en fin, que vendrían a corroborar lo que alguna otra vez se ha dicho aquí de Camps. A saber, que no lo recordará la posteridad por haber sido el político más disoluto de la Historia de España pero tampoco, y ahí el problema, por significarse como el más inteligente.

En la política, que es ocupación de profesionales en la que nadie conoce a nadie, insiste Camps en conducirse como un amateur, al modo de esos adolescentes ociosos que no se cansan de teclear diatribas pueriles amparados en el anonimato de internet. Al respecto, autoproclamándose candidato acaba de dar un paso más, tal vez el definitivo, para hacerse con la tiara del Papa Luna, que ya le está esperando en Peñíscola, previsible sede de su despacho oficial a partir de mayo. Y es que la horterada de los trajes, pecado venial al cabo, no va a exonerarlo de esa impericia tan suya a la hora de seleccionar a los amiguitos del alma. Las malas compañías que ahora comprometen muy altos destinos. "Yo me pago mis trajes", concedió en cierta ocasión. Más pronto que tarde, igual deberá proceder con la onerosa factura de sus muchas torpezas. Sea.          

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