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José García Domínguez

Carla & Cía

Para ganar las elecciones hay que ser, por encima de cualquier otra consideración, popular; de ahí que un imbécil que diga sí a todo con una leve sonrisa Profident entre los labios se haya impuesto como paradigma universal del candidato perfecto.

Algo debe estar haciendo bien Nicolas Sarkozy cuando un sondeo nacional acaba de certificar que tres de cada cuatro franceses creen que el mejor político del país es Jacques Chirac. El cleptómano, el mentiroso compulsivo, el inútil de Chirac. Chirac, el oponente presidencial al que no pudo batir Le Pen por la triste evidencia de que resultaba imposible ser más corrupto que él, más antiamericano que él, más reglamentista que él, más estatista que él, más entusiasta de la excepción cultural que él, más proteccionista agrario (y no agrario) que él... Chirac, nadie más ciegamente refractario al mundo que emergió tras la caída del Muro que él. 

En una célebre carta de Michel Revel dirigida a su hermano Jean-François, leemos a propósito de esa Francia instalada en la estéril nostalgia de sí misma: "¿No te asombra que se haya logrado crear, doscientos años después de la Revolución, una sociedad idéntica a la del Antiguo Régimen? La Administración de alto rango equivale a la nobleza de corte, los funcionarios a la baja nobleza, los subvencionados de la cultura al clero, los empresarios de las grandes concesiones públicas a los financieros de palacio, los profesionales liberales a los togados, y los asalariados del sector privado al tercer estado. Con las mismas tensiones y la misma esclerosis, pero con menor espíritu y elegancia". En apenas un párrafo, el más exhaustivo informe forense de la France qui tombe, feliz expresión acuñada por Nicolas Baverez con tal de condensar tanta y tan altiva parálisis terminal. 

"Leen a Tocqueville pero, no te engañes, sólo es por buscar en sus páginas el rastro de Luis XV", concluía aquella lúcida nota de Revel para Revel. Sin embargo, algo, insisto, debe estar haciendo bien Sarkozy. Tres de cada cuatro, en contra. Es la gran paradoja de la democracia: para ganar las elecciones hay que ser, por encima de cualquier otra consideración, popular; de ahí que un imbécil que diga sí a todo con una leve sonrisa Profident entre los labios se haya impuesto como paradigma universal del candidato perfecto. Sin embargo, gobernar con eficacia y rigor impone justo lo opuesto: contrariar los designios por lo común irreflexivos, a menudo caprichosos, siempre inmediatistas, tantas veces infantiles de la muy soberana opinión pública. Ya lo advirtió Narváez, aquel fiero espadón del XIX: gobernar es resistir.

¿O será todo por culpa de la otra?

Tertuliano de La Noche de Dieter.

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