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Su abstención crónica a lo largo de cuatro décadas es lo que ha garantizado que Cataluña sea hoy lo que es. ¿Qué harán el día 14?

José García Domínguez
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Su abstención crónica a lo largo de cuatro décadas es lo que ha garantizado que Cataluña sea hoy lo que es. ¿Qué harán el día 14?
EFE

Aún en los últimos estertores del siglo XIX, el obispo Torras i Bages, de la diócesis de Vich, santo varón precursor del catalanismo germinal desde posiciones filosóficas a la derecha del Concilio de Trento, ya alertaba a los payeses locales contra los riesgos del baile “agarrado”, diabólica novedad foránea introducida en casa nostra por los inmigrantes meridionales que por aquel entonces comenzaban a suponer una grave amenaza para la pervivencia de los valores eternos asociados al alma nacional catalana. Todavía no habían llegado los tiempos en los que Daniel Cardona, mítico activista de Nosaltres Sols!, una de las facciones que se fusionaron en el Estat Català del coronel Macià, anunciara a los cuatro vientos que para acabar con la plaga de los charnegos que estaban infestando todos los rincones de Cataluña la única solución sería que en cada bolsillo autóctono hubiera una Browning. “Fem mes fills catalans”, pintaban en los muros treinta años después, cuando la gran ola migratoria de principios de los sesenta, los discípulos de Pujol. Una manera algo más civilizada, procede reconocerlo, de utilizar otra Browning con idéntico fin. 

El charnego siempre como la octava plaga de Egipto. Y de ahí su etimología. La palabra procede curiosamente del castellano antiguo, en concreto de la voz lucharniego, término que servía para designar a una raza de perros usada en la caza nocturna. Luego, vía Cataluña, la palabra cruzó la frontera francesa para incorporarse al idioma occitano, en el que significaría simplemente raza de perro. Sentido primero que luego se amplió a mestizo o bastardo, que, otra vez de vuelta en Cataluña, sería el utilizado para señalar de modo peyorativo a, en primera instancia, los descendientes de las parejas mixtas, aquellas en las que sólo uno de los padres era catalán de origen. Y más tarde, a partir de los años sesenta del siglo XX, a los inmigrantes internos de habla materna castellana y a su descendientes, fácilmente reconocibles por arrostrar el estigma de apellidarse García, Jiménez, López o Fernández. De todos ellos solo se espera una cosa, una sola: que no voten; sobre todo, que no voten. Porque su abstención crónica a lo largo de cuatro décadas es lo que ha garantizado que Cataluña sea hoy lo que es. ¿Qué harán el día 14? Misterio.

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