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Cataluña y la nave de los marcianos

Cuanto aquí viene ocurriendo de un tiempo a a esta parte en el ámbito colectivo está llamado a pasar a los tratados académicos de psicología social.

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Los Jordis | EFE

Cataluña no es una nación, entre otras razones porque los zoológicos no son naciones, pero sí aloja en cambio dentro de sus lindes un laboratorio social de primer orden. Hoy, sin duda, el más singular de Occidente. No, no somos una nación (entre otras razones porque tendríamos que ser dos, no una), pero cuanto aquí viene ocurriendo de un tiempo a a esta parte en el ámbito colectivo está llamado a pasar a los tratados académicos de psicología social. Quizá también, nadie lo descarte, a los manuales universitarios de psiquiatría clínica. No es ironía, lo creo muy en serio. La lucidez y la locura, tanto en lo individual como en lo gregario, son dos territorios vecinos que comparten una frontera tan extensa como porosa, confusa y en extremo incierta. Las lindes de esas dos soberanías han sido, y desde siempre, cualquier cosa menos claras y diáfanas. A esos efectos patológicos, el extravío catalán previo a la asonada de la Generalitat, cuando el golpe de octubre aún era susceptible de ser analizado dentro del ámbito del simple desvarío político. El procés fue un disparaté estratégico condenado de modo inexorable al fracaso desde el instante mismo de su propia concepción. En su génesis hubo, por encima de cualquier otra cosa, un divorcio temerario con la realidad catalana que era fruto, sobre todo, de la ignorancia.

Y es que los catalanistas, por paradójico que suene, no conocen Cataluña. Instalados en su burbuja autorreferencial, siempre han ignorado a ese 50% de la población que no comulga con su credo. Es sabido, para los catalanistas, que el censo espiritual de Cataluña no llega a tres millones de habitantes. Pero resulta, ¡ay!, que somos siete millones y medio. Un error atritmético, el que va asociado a no entender la pequeña diferencia entre tres y siete, que es lo que ha llevado a una celda de Estremera a Junqueras.

No obstante, hasta ese instante procesal, el de la materialización del golpe durante el día de autos, podemos hablar de necedad, de falta de previsión, de miopía sociológica o de aventurerismo irresponsable, pero no de locura en un sentido estricto, literal, canónico. Porque la locura no se desató durante el procés, sino justo después de su fracaso final. Locura no fue lo que ocurrió, sino lo que ocurre. Hoy, ahora mismo. Dos personajes secundarios de la tragicomedia, un viejo fanático jubilado como Carod y un joven arribista poseído por la ambición como Santi Vila, pueden servirnos para ilustrar el cuadro clínico de la sociedad catalana posgolpe. Carod, a quien la lejanía física del poder le ha mejorado notablemente el riego sanguíneo, lleva semanas predicando en el desierto con la demanda de que se le explique la verdad al pueblo catalán (en sus labios, el pueblo catalán también son, como mucho, unos dos millones y pico de almas).

Huelga decir que nadie dentro de la comunión catalanista le hace el más mínimo caso. Nadie salvo el joven trepa. Porque resulta que Vila ha dicho en público algo que se parece bastante a la verdad. Esto es, que dos millones escasos de catalanes no se pueden enfrentar por las bravas contra cuarenta y siete millones de españoles. ¿Resultado? En los foros nacionalistas todos lo más suave que se le está llamando durante las últimas horas es "traidor" y "rata de cloaca". Al tiempo, los responsables directos de que Cataluña haya visto cómo miles y miles de empresas, empezando por todas sus grandes corporaciones financieras e industriales, migren a otros territorios, los mismos que son aclamados en las calles por el electorado que los sigue apoyando sin la menor disidencia interna, acaban de anunciar su propósito de continúar alimentando el caos institucional que provocó la estampida inicial.

¿Cómo entenderlo? Pues quizá leyendo a León Festinger, aquel psicólogo social norteamericano que se infiltró con su equipo dentro de una secta milenarista que esperaba la llegada inminente de unos marcianos oriundos del planeta Clarión, los que salvarían a sus adeptos de un próximo cataclismo que haría desaparecer al planeta Tierra. Una especie de procés cósmico y a lo bestia. Festinger había aventurado la hipótesis de que, cuando fallase la profecía y la secta se viese forzada a tener que decidir si abandonaba o no sus sistema de creencias, ellas, las creencias, acabarían imponiéndose, saliendo del trance más reforzadas aún. Y eso fue justo lo que ocurrió. La fe en los marcianos de aquellos pobres chiflados yanquis, al igual que la confianza ciega de los catalanistas de a pie en Puigdemont y el resto de los majaderos y majaderas que acaban de provocar la ruina política y económica de Cataluña, se mantuvo firme. Habían apostado tan fuerte a la carta apocalíptica que ya no se podían echar atrás, por mucho que la realidad desmintiera de modo palmario su fantasía. Están locos. Ahora, sí. Definitivamente, sí.

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