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Cataluña y la pedagogía del miedo

Para ganar, necesitan a los idiotas. Sin ellos, están perdidos.

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Dicen que quieren votar, que lo que más desean es que votemos todos, pero convocan las elecciones justo en medio de un puente para que no vote nadie. Son tan cínicos como desleales. Y es que, para ganar, necesitan a los idiotas. Sin ellos, están perdidos. En su primigenio significado etimológico, es sabido, los idiotas eran los ciudadanos que se abstenían de participar en el gobierno de la polis. Bien, pues en Cataluña hay 700.000 idiotas (los tenemos contados). Son los que siempre se presentan a votar en las elecciones generales pero que, por norma, no comparecen si se trata de elegir a los diputados del Parlament. Que el golpe de Estado que anda fraguando Artur Mas fracase o no dependerá en última estancia de que seamos capaces de movilizar a esa masa amorfa el próximo 27 de septiembre.

Una masa crítica que, por lo demás, se concentra en el área metropolitana de Barcelona. Porque, a día de hoy, no existe una sola Cataluña, sino tres. La de las comarcas interiores, la Cataluña profunda, está perdida para la causa de los leales: el separatismo allí es absolutamente hegemónico, su poder resulta tan absoluto como incontestable. Ahí no hay nada que hacer. En la segunda Cataluña, la del litoral, la correlación de fuerzas se antoja mucho más equilibrada, incluso con una ligera mayoría para el bando de los leales. Por último, en la gran Barcelona, un territorio que se extiende hasta las lindes del antiguo cinturón rojo, el separatismo sigue siendo minoritario, claramente minoritario. Algo que se volvió a constatar en el simulacro de referéndum del 9-N, cuando en el grueso de sus núcleos urbanos la participación nunca pasó del 15%.

Por eso resultará crítico tensar al máximo el clima emocional a lo largo de la campaña. El independentismo catalán, a diferencia del vasco, carece casi por completo de apoyos significativos entre las capas populares. Es un movimiento por entero burgués, parejo a lo que representa la Liga Norte en Italia, que encuadra a unas clases medias y medias-altas que en su momento constituyeron la base poblacional del franquismo sociológico. Gente por definición medrosa, con una aversión casi genética al riesgo. De ahí que se imponga, y cuanto antes, hacer pedagogía del miedo, esa emoción instintiva, fundamental para la supervivencia del ser humano desde sus orígenes, donde cumplía la función de despertar los sentidos ante un peligro cierto.

Los separatistas llevan meses endulzando el golpe a ojos de la opinión pública con el argumento quimérico de que la asonada carecería de consecuencias para los cómplices de Mas y su gente. Esa percepción popular, machaconamente labrada a diario por la prensa oficiosa, debe ser alterada de raíz. Desde Artur Mas en persona hasta el último agitador callejero de la ANC, tienen que empezar a notar en la nuca el aliento del Estado de Derecho. A esos efectos, la zanahoria del pacto fiscal (léase privilegios para Cataluña similares a los del País Vasco y Navarra), argumento con el que viene coqueteando el candidato del Partido Popular en las últimas horas, resulta contraproducente para la causa de los leales.

Los golpistas tienen que saber que no habrá ningún premio y sí, en cambio, castigos. Los caramelos no los van a parar. El miedo, sí. Los pensionistas tienen que saber que perderían su pensión. Los ahorradores tienen que saber que sus depósitos bancarios podrían ser incautados por el Estado en el caso de que una hipotética república catalana no abonase su parte alícuota de la deuda pública. Los funcionarios de la Generalitat tienen que poseer la certeza de que se juegan su carrera si cooperan de forma activa o pasiva con el golpe. Y los idiotas tienen que votar. Son cobardes. Funcionará.

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