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José García Domínguez

Chiquilicuatre

Muerto Marx y prejubilado Javier Sardà, tras el efímero interinaje de Suso de Toro, ha llegado la hora de que Chiquilicuatre ocupe con todos los honores la plaza de intelectual orgánico de la izquierda patria.

José García Domínguez
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Dicen que este año ha salido algo flojo el alarde de Rodiezmo, ese trasunto socialdemócrata de aquellas gallardas excursiones camperas de la OJE, prietas las filas e impasible el ademán. La tradicional performance estival del sindicalismo de carajillo de anís y pelo en pecho, con sus descamisados de atrezo y su Alfonso Guerra travestido del Lerroux de los buenos tiempos, cuando don Alejandro aún pugnaba por elevar a las novicias a la categoría de madres. Rodiezmo, remake doméstico de Noveccento pasado por Georgie Dann y Los del Río, con su apergaminada retórica de inconfundible aroma a formol, sus falsos bolcheviques de pega, y su mar de airados puños funcionariales en alto.

En fin, será que, desaparecido en combate el benefactor monclovita del proletariado, los compañeros esperaban que, al menos, compareciese Roberto Chiquilicuatre, con permiso de la calavera de Largo Caballero, el nuevo Lenin español. Pero, como siempre lamentan los periodistas deportivos tras perder el equipo de casa, no pudo ser. Y es que, muerto Marx y prejubilado Javier Sardà, tras el efímero interinaje de Suso de Toro, ha llegado la hora de que Chiquilicuatre ocupe con todos los honores la plaza de intelectual orgánico de la izquierda patria. Dispone, pues, Cándido Méndez de su propio Eisenstein, el que, a falta de otro Potemkin, acaba de rodar la segunda parte de Cateto a babor por cuenta de la UGT.

Esa versión multimedia del "vamos a contar mentiras, tralará" en la que el muñidor de la reforma laboral resulta ser nada menos que el emérito Manuel Fraga. Y por extensión, el Partido Popular en pleno, genuino responsable penal de la política económica del Gobierno como es fama. Así, tras mucho cavilar, diríase que Méndez y su nuevo pensador de cabecera han dado con una innovación ignota en la historia toda del sindicalismo mundial: la huelga general contra la oposición. Lewis Carroll se debe estar retorciendo de admiración en su tumba. ¿Cómo no se le ocurriría al Gato de Cheshire tamaña genialidad? Sosiéguense, por lo demás, los alterados. Al cabo, las falanges del tercio sindical cumplen su cometido decorativo a cambio de una muy razonable soldada. Probos cancerberos al servicio del Poder, jamás incordiarán en serio a la mano que los alimenta. Como ha de ser.

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