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Contra el periodismo (económico)

Al parecer, las leyes que rigen la asignación de los recursos escasos y con usos alternativos del entramado financiero e industrial mundial obedecen a una lógica pueril.

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Quizá la mayor limitación de quienes sin ser periodistas también sentamos cátedra a diario sobre lo humano y lo divino, es que nos está vedado comprender lo muy sencilla que resulta la economía. Pues, por lo visto, aprehender todos los arcanos de esa ciencia se antoja facilísimo. De hecho, extraña sobremanera que ciertos cráneos presuntamente privilegiados, como los de John Stuart Mill, David Ricardo, Alfred Marshall o Piero Sraffa, empeñaran toda una vida de esfuerzos con tal de intentar descifrar los entresijos conceptuales de materia tan nimia, evidente, intuitiva y trivial como la que nos ocupa.

Así, "quien sepa algo de física cuántica...", no suele ser expresión que se oiga con frecuencia reseñable en las discusiones de barra de bar, tan españolas, tan castizas, tan inseparables del pincho de tortilla, el quinto de cerveza y la gran mancha de serrín en el suelo; sin embargo, ponga el lector "economía" donde ahí arriba se decía lo otro, y al instante el latiguillo le sonará de lo más cotidiano, familiar, doméstico, recurrente; de lo más mediático, que diría un cretino.

Y es que, al parecer, las leyes que rigen la asignación de los recursos escasos y con usos alternativos del entramado financiero e industrial mundial obedecen a una lógica pueril. Al punto de que los ministerios de economía de las grandes potencias se deberían conducir igual que cualquier padre de familia del cuarto tercera. Igualito, igualito. Qué digo igualito, clavado. En fin, fue lástima no haberlo sabido hace veinticinco años, cuando uno se pasaba meses estudiando modelos econométricos y cosas por el estilo.

Con lo didáctico que hubiese resultado entonces llamar a mamá y preguntarle en qué rincón del comedor guardaba la máquina de emitir billetes y monedas de curso legal; cuál fue el tipo de interés al que papá comercializó en Japón las emisiones de deuda pública de nuestro piso; qué agencia internacional de rating calificó los bonos García; y cuál resultó ser exactamente la política arancelaría y de contingentes comerciales que mantuvimos frente a los padres de Isabelita, la vecinita rubia de las trenzas que vivía en la planta de arriba.

Cuánto tiempo yermo, baldío, inerme ante aquellos manuales abarrotados de fórmulas tan endemoniadamente enigmáticas como gratuitamente ociosas. Y pensar que, en realidad, todo era tan, tan simple. Vaya, tirado. De cajón.

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