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José García Domínguez

De Lerroux, los jueces de Bermejo y otras hierbas

Créame, lector escéptico, más pronto que tarde añorará a Pepiño cada vez que abra la boca el presidente del Supremo.

Por entonces ya conocía la historia de cómo Lerroux había superado todas las asignaturas de la carrera de Derecho en sólo una mañana; y también que don Alejandro, a pesar de no haber cursado ni siquiera el bachillerato, logró coronar en aquella gloriosa jornada para la ciencia jurídica uno de los mejores expedientes académicos de la Universidad española desde los tiempos de Francisco de Vitoria: matrícula de honor en casi todas las materias. Aunque daba igual que lo supiese, porque cuando uno tiene veinte años aún cree que esas cosas sólo pueden ocurrir en los tratados de historia de España y en las comedias bufas de Ugo Tonazzi y Alberto Sordi.

Fue cuando recibí aquella extraña visita en mi pequeño garito de la sede "nacional" del PSC en la calle Nicaragua. Era la primera vez que hablaba con D.; no obstante, sabía de sus andanzas desde los tiempos en que liderara una secta maoísta hasta que se hizo millonario gestionando las comisiones para el partido en las grandes obras públicas del Gobierno de Felipe. Por lo demás, él no se anduvo con rodeos y fue directo al grano: "Necesito los nombres de todos los catedráticos y profesores que tengamos en la Facultad de Derecho. Hazme la lista y que una secretaria me la traiga al despacho."

A aquellas alturas, D. había cumplido con el trámite rutinario de cambiar las tres "ces" –coche, casa, compañera–; necesitaba, pues, comprar lo único que le faltaba para acabar de convencerse de que era alguien: prestigio social. Y ya se sabe que, aquí, eso todavía pasa por lucir sonriendo con cara de bobo en una orla. En fin, nunca llegué a ver su expediente, pero estoy seguro de que en nada ha de desmerecer al de don Alejandro. Y es que el compañero D. era un hombre de suerte: Josep Maria Sala no cantó cuando lo encerraron en la cárcel por lo de Filesa. Así, libre de antecedentes penales, ahora le cabrá acceder a la carrera judicial por méritos académicos en cuanto Zapatero gane las elecciones a Juan Costa.

Algunos años después, cuando S., otro de los jefes de los capitanes, me confesó entre risas que éramos compañeros de promoción en la carrera, ya no me asombré. Igual que callé al poco, cuando esa piadosa catedrática que hoy envía cartas al Vaticano exigiendo que tape la boca a la COPE me preguntó, perpleja, qué hacía yo allí, presentándome al examen de su asignatura igual que un alumno cualquiera. Al parecer, aquella vez S. tuvo la humorada de encargar dos matrículas de honor: la suya y la mía. Ni el uno ni la otra se habían enterado aún de que había abandonado "la familia" dos meses antes.

Créame, lector escéptico, más pronto que tarde añorará a Pepiño cada vez que abra la boca el presidente del Supremo.

Tertuliano de La Noche de Dieter.

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