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José García Domínguez

El barón Guttenberg y el botones Fernández

Un asunto, el de los eres fraudulentos de Griñán, que al final habrá de saldarse con unas risas y poco más. Como siempre. Por algo ésta es la patria del Lazarillo de Tormes y el Buscón llamado Don Pablos.

José García Domínguez
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Azares de la vida, las dispares desdichas del barón Guttenberg y el botones Fernández han ido a tropezarse en las portadas de la prensa. Y es que, como supongo advertido al lector, ese Guttenberg se equivocó de país y el tal Fernández, de fecha de nacimiento; yerros ambos de los que se da cumplida cuenta en los diarios. Así las cosas, de haber venido al mundo español y castizo, amén de las mieles del Ministerio de Defensa, el barón plagiario gozaría a estas horas de una sección fija en el programa de Ana Rosa. E incluso es posible que se lo disputaran como candidato a presidir más de una comunidad autónoma.

Pero, ¡ay!, quiso la fatalidad que el hombre fuese alumbrado en Alemania, una nación que todavía se toma en serio a sí misma. Y de ahí los tristes pesares suyos. Por su parte, el botones Fernández, niño prodigio a semejanza de Mozart, Joselito y Marisol, en lugar de con un pan, nació con un empleo fijo bajo el brazo. Al respecto, y según reza el papel timbrado de la Junta, el lactante Fernández, a la sazón ex consejero de Trabajo de Andalucía, valga el oxímoron, resultó ser un bebé stajanovista. Tanto que el mismo día que vio la luz ya firmó un contrato laboral en las bodegas González Byass. Singular prodigio del que hemos sabido merced al enésimo mangoneo en que anda metido ese presunto prejubilable ful.

Por cierto, un asunto, el de los eres fraudulentos de Griñán, que al final habrá de saldarse con unas risas y poco más. Como siempre. Por algo ésta es la patria del Lazarillo de Tormes y el Buscón llamado Don Pablos. Entre nosotros, es sabido, mentir constituye prosaico hábito cotidiano carente de la menor trascendencia, algo aceptado que no acarrea sanción social alguna. Al contrario, el que aquí logra burlar al prójimo gracias a esas artes, con frecuencia, suele ver celebrada su audacia con el aplauso del vulgo. ¿De qué extrañarse, entonces, si en España a los encausados por corrupción solo les falta acudir a las sesiones de los juicios con banda de música y firmando autógrafos? ¿Acaso cabría esperar proceder distinto de una comunidad dotada de semejante pulso moral? Qué lejos Berlín.              

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