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José García Domínguez

El Brexit no es lo que parece

En el Brexit nada es lo que parece. Empezando por Boris Johnson, muy destilado producto de la élite dirigente más culta, exclusiva, endogámica y refinada de Occidente.

José García Domínguez
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En el Brexit nada es lo que parece. Empezando por Boris Johnson, muy destilado producto de la élite dirigente más culta, exclusiva, endogámica y refinada de Occidente.
EFE

En el Brexit nada es lo que parece a primera vista. Para empezar, Boris Johnson, muy destilado producto de la élite dirigente más culta, exclusiva, endogámica y refinada del Occidente todo, la inglesa del partido conservador por más señas, que, sin embargo, simula, y con éxito contrastado, ser un zafio patán de taberna para complacer a esa plebe audiovisual, la de las grandes audiencias televisivas gracias a la que ha llegado a la cúspide del poder en la isla. Porque ni Boris es el gañán rudo y primario que encarna en la escena pública ni el detonante principal que lleva lustros promoviendo la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea procede tampoco de ese erial intelectual donde moran los toscos nacionalistas del UKIP y similares.

Tras los promotores del Brexit hay, claro está, unas cuantas toneladas de la xenofobia identitaria tan típica de la clase media baja, el grupo sociológico más proclive en todas las latitudes a consumir ese veneno, además otras tantas toneladas de nostalgias imperiales por un mundo, el de ayer, que se fue y ya nunca más podrá volver. La misma basura psicológica y espiritual con que se alimentan a diario los votantes de Le Pen en Francia o los de Salvini en Italia. Pero ese agregado de resentimientos y frustraciones colectivas nunca hubiera sido suficiente para forzar un cambio de trascendencia histórica como el que llevó al resultado final del referéndum. Tenía que haber algo más. Y lo había. Por supuesto que lo había. Porque la Historia, procede no olvidarlo nunca, la escriben las élites. Siempre la escriben las élites. Siempre. Y el ruido de la calle nunca es mucho más que eso: ruido. El Reino Unido no va a decir adiós definitivamente al proyecto federal europeo porque cuatro palurdos aficionados a la caza del zorro hayan convencido a varios millones de catetos de que eso será lo mejor para sus intereses.

Y es que el caldo de cultivo intelectual del que procede el proyecto rupturista se elaboró muy lejos, en las antípodas, de esos entornos donde anida el nacionalismo patriotero de matriz popular. Contra lo que comúnmente se cree, la idea del Brexit viene de arriba, no de abajo. Y tampoco la catapultó ningún sentimiento castizo y aislacionista, sino justo lo contrario. Porque la élite política e intelectual que impulsa desde el principio el Brexit, esa de la que forma parte Boris Johnson, si por algo se caracteriza es por su querencia globalista, individualista y cosmopolita. Esa élite, que desde siempre ha estado mirando hacia Estados Unidos mucho más que al continente, quiere menos Estado y más mercado. Son globalistas refractarios al reglamentismo intervencionista de Bruselas, que contempla cómo un arcaísmo herrumbroso que entorpece el potencial de desarrollo de su economía nacional. Los palurdos de las tabernas quieren, sí, cazar zorros sin restricciones, expulsar al fontanero polaco y beber solo cerveza nacional. Pero eso son los palurdos de las tabernas, no los que deciden y mandan en Londres. Boris Johnson y los suyos no defienden la tradición nacional y los viejos valores políticos asociados al Estado-nación soberano. Lo suyo, contra lo que aquí se cree, no es la tradición sino la hipermodernidad. Lo dicho, nada es lo que parece.

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