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José García Domínguez

El Debate del Estado de la Oposición

Si el miércoles subiera un estadista a la tribuna del Congreso sólo ofrecería sangre, sudor y lágrimas. Pero ni Zapatero posee la categoría política para hacer tal cosa, ni Rajoy dispone del valor necesario a fin de refrendarla.

José García Domínguez
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Lleva enclaustrado Rajoy una semana, incubando ese inopinado Debate sobre el Estado de la Oposición que él mismo ha dado en patentar. Otro muy previsible parto de los montes, el enésimo, donde, a falta de pan programático, buenas serán las tortas retóricas para alimento espiritual de los hooligans de las dos aficiones; el manido sucedáneo circense de rigor ante el imposible enfrentamiento ideológico entre esas dos gotas de agua autistas que se invocan en medio de la tormenta.

Dispongámonos, entonces, a asistir de nuevo a la preceptiva retahíla de impostadas naderías que la ocasión exige. Desde el usted no genera confianza en los mercados; pasando por las consabidas lágrimas de cocodrilo a cuenta de la incontinente prodigalidad presupuestaria del prójimo; hasta el rutinario clímax final con alguna estentórea variante del "Márchese, señor González". Tan castizo, gallardo, altanero e inane todo como en el verso célebre del gran manco: "caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuese y no hubo nada". Igual que nada habrá, por cierto, de pactos, ententes, armisticios, ni regios chalaneos. Aquí, los hijos Caín, fieles albaceas de la más ancestral tradición de la tribu, andan siempre prestos a perder un ojo cuando se les garantiza que su adversario quedará ciego. Por algo, de los visigodos a esta parte, nadie hace prisioneros: se dispara a matar con furia, y jamás cabe concebir otra política que no sea la de tierra quemada.

Consecuentes, pues, con la barbarie celtíbera, el Solemne y el Perenne, Hernández y Fernández, Bouvard y Pécuchet, Rinconete y Cortadillo, accederían de grado a que el país terminase en la UVI del Fondo Monetario Internacional antes de renunciar a un milímetro de sanchopancismo táctico o una mísera migaja de demagogia garbancera. Qué le vamos a hacer, los españoles somos así. Nadie lo ignora: si el miércoles subiera un estadista a la tribuna del Congreso sólo ofrecería sangre, sudor y lágrimas a una nación al borde del abismo como ésta. Tampoco lo desconoce nadie: ni Zapatero posee la categoría política para hacer tal cosa, ni Rajoy dispone del valor necesario a fin de refrendarla. Ante tal panorama, presos todos de un par de indolentes máscaras de Don Tancredo, disolver las Cortes cuanto antes, ahora mismo, ya, es la única esperanza.         

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