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José García Domínguez

El déficit moral

Porque en la realidad virtual, en ese Matrix con barretina como dice Juan Carlos Girauta, viven instalados permanentemente todos nuestros nacionalistas, sin excepción

Ocurrió hace dos semanas en la plaza de parking de la Presidencia del Parlament, segundos antes de que dos mossos d´esquadra retuviesen al empresario. “Arranca y vámonos”, urgía a su chofer un angustiado Ernest Benach, al tiempo que el subcontratista Juan Antonio Salguero pugnaba por revelarle el volumen del déficit moral de Cataluña, un veinte por ciento del Pastel Inmobiliario Bruto, según sus libros de contabilidad.
 
Ese incidente nos vino a descubrir que hay algo en este Benach que lo entronca con la mejor tradición de la literatura española del siglo XX. Aseguraba Rubén Darío que a Baroja se le notaba que era panadero en la mucha miga que contenía su prosa. Y el de la tahona juraba haber sabido indio al otro por la buena pluma del vate de Nicaragua. Bien, pues con Benach ocurre algo similar: se adivina enseguida que es jardinero local en Reus porque exhibe una flor debajo de la espalda. Así, en aquel instante de zozobra patriótica, a su cochero le daría tiempo de meter la primera justo cuando Salguero iba a sacar unas facturas con el membrete de Adigsa sobre un fondo con las cuatro barras. De ahí que el burlado constructor acabara recurriendo a la COPE para denunciar la mordida en ese asuntillo de las viviendas sociales.
 
En cualquier caso, no nos dejemos llamar a engaño. Desde otra perspectiva, el independentista Benach, nuestra planta tardía de la Generación del 98, no deja de ser simultáneamente un exponente puntero de la ultramodernidad local. Prueba de ello es lo que contó de él otro traidor que firma contra Cataluña. Al parecer, el tribuno Benach despertó no hace mucho la inquietud de sus ilustres invitados en el transcurso de una cena oficial. Ajeno a la refinada conversación de los comensales, el anfitrión semejaba abducido por el teclado de un sofisticado teléfono móvil. Alarmado por la inusitada duración de lo que creía un intercambio de mensajes e intuyendo que contenían graves nuevas, un conocido empresario reuniría la audacia suficiente para espiarlo con discreción. Gracias a ese nuevo Prometeo sabrá la posteridad que el número tres de ERC estaba jugando a matar marcianitos.
 
Ése es su mundo, el universo de los marcianos. Pero no está solo. Al contrario, Benach únicamente es el más patético. Porque en la realidad virtual, en eseMatrix con barretina como dice Juan Carlos Girauta, viven instalados permanentemente todos nuestros nacionalistas, sin excepción. Así, el último juego que acaban de cargar en sus consolas, el que los mantiene excitadísimos ahora mismo, se titula “Oficina Anticorrupción”. Durante el primer franquismo, cuando íbamos por el imperio hacia Dios con escala en Gibraltar, al formarse una concentración falangista ante la Embajada inglesa, el Gobierno ofreció protección policial a la legación. “Oiga, mejor no nos envíen a los manifestantes”, respondería el embajador. Pues eso, Benach, pues eso.

Tertuliano de La Noche de Dieter.

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