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Cautivo y desarmado el PP, los adolescentes catalanes alcanzaron ayer su primer objetivo: ya no tendrán que superar molestos y pesados exámenes para pasar de un curso a otro en la Enseñanza Secundaria Obligatoria. El derecho a la ignorancia, la gran conquista de los niños durante el gobierno progresista de Felipe González, acaba de ser restituido por el tripartito. La LOCE, el instrumento del que se quería valer la derecha más reaccionaria para suprimir el diálogo entre educadores y educables como único instrumento para evaluar el rendimiento escolar, no se aplicará en Cataluña. Maragall, haciendo una lectura “no dogmática” de la Constitución, acaba de anunciar que esa Ley Orgánica votada por el Parlamento del Reino de España no se aplicará en el territorio soberano que él preside.
 
Ha querido la casualidad que esa gran victoria de las clases populares y, en general, del conjunto de las fuerzas del progreso y de la cultura, haya coincidido con el cuarto aniversario de la Cumbre de Lisboa. Aquella reunión en la que la Unión Europea declaró solemnemente que su objetivo es convertirse “en la economía más competitiva y dinámica del mundo basada en el conocimiento para el año 2010”. En ese horizonte, Cataluña, siempre a la vanguardia del proceso de modernización de la Península, ha vuelto a dar ejemplo a España con su paso decidido al frente. Sin duda, la de Maragall es una decisión tomada en el marco de un plan estratégico para asentar en el capital humano el inminente liderazgo mediterráneo de los Països Catalans.
 
Por su parte, ZP no se cansó de denunciar el recorte de libertades que también hubieron de padecer los púberes que asaltaron las sedes del PP cada vez que él se agarraba a una pancarta. Ellos, los nuevos votantes, son los que lo han aupado para liderar ese “nuevo orden mundial” que está diseñando Moratinos. En justa contrapartida, el próximo presidente ya les prometió obsequiarlos con un ordenador individual por pupitre (hay que suponer que equipado con juegos, conexión a Internet y servidor de mensajes SMS). Que un líder con ese nuevo talante fuera a permitir que, además, les impusiesen exámenes unilaterales para superar las asignaturas, es impensable. Nadie dude, por tanto, de que el gran avance pedagógico que se acaba de lograr en Cataluña no se vaya a reproducir de inmediato en la España plural que empezará a dibujarse en el BOE dentro de unos días.
 
En la vieja Europa corren malos tiempos para la épica. Por eso, cualquiera que esté decidido a no hablar jamás de la ética de la responsabilidad puede ganar unas elecciones. Basta, simplemente, con mostrar un talante distendido, relajado y sonriente. Así, entre nosotros, nadie quiere obligar a Maragall a cumplir las leyes. Como nadie desea forzar a los niños para que estudien. Igual que nadie concede inquietarse porque el PIB per capita en Europa esté estancado a un 72 por ciento del de Estados Unidos. Del mismo modo que nadie osará molestar a Al Qaeda cuando tome el control de otro Estado musulmán.
 
La mayoría no admite el autoritarismo, que es como se ha decidido rebautizar a la autoridad. Y el himno nacional –como la bandera– recuerda demasiado ese obsoleto principio. Seguro que Zapatero sería mucho más feliz si sonase otra música en la ceremonia de su toma de posesión. Por ejemplo, We are the world, we are the children.
 

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