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José García Domínguez

El derecho a la pereza

De ahí que de nada haya servido la cándida admonición de Pepiño –"recuerda que eres motal"– ni en la contrata de esa guardia pretoriana de pinches de cocina, ni tampoco en el número del avión oficial para dejar a las niñas en el cole.

Para mí tengo que pocos han comprendido el empeño regeneracionista y abiertamente republicano que empuja a Zapatero en ese malhadado asunto de los quince cocineros de marras. Y, sin embargo, basta con darle un vistazo a la Constitución del 31 para comprender que, igual que descubriera Santa Teresa en el caso del Altísimo, también la recuperación de la memoria histórica puede andar de grado entre pucheros y fogones. Así, es sabido que durante aquel añorado régimen, a Largo Caballero, que no tenía nada mejor que hacer, le dio por que España se definiera como una República de trabajadores de todas las clases. Como igual es fama que tan solemne declaración fue telegrafiada en su momento a todos los rincones del mundo para chanza y jolgorio planetarios. Al punto de que, en Ginebra, el mismísimo presidente de la Sociedad de Naciones, en viendo llegar a Lerroux con una hora de retraso a la reunión del organismo, reloj en mano le espetó: "Voila les travailleurs".

Mas sucede que este Zapatero nos ha salido un esforzado trabajador de la clase ociosa, colectivo injustamente olvidado por los constituyentes durante la Transición, pero que no deja de ser un gremio más, con sus derechos y sus servidumbres, tal como implícitamente reconocía la generosa Carta Magna del abuelo Lozano. Y ya Veblen cavilara que pocas ocupaciones requieren de tantos esfuerzos, cálculos, devaneos y desgaste neuronal como la de quienes tienen ese empleo por oficio. Pues no toda la vida del caballero ocioso se gasta a la vista de los mirones que deben sentirse impresionados con ese espectáculo de haraganería honorable de que se compone el transcurrir del tiempo según su esquema ideal.

Razón de que el diletante deba, para bien del propio buen nombre, ser capaz además de propalar coartadas deslumbrantes acerca del tiempo de su existencia que, por fuerza, tiene lugar en privado. Y es que ha de encontrar un medio de poner en evidencia también el ocio suntuario que no goza ante la mirada atenta de los telespectadores. De ahí que de nada haya servido la cándida admonición de Pepiño –"recuerda que eres motal"– ni en la contrata de esa guardia pretoriana de pinches de cocina, ni tampoco en el número del avión oficial para dejar a las niñas en el cole.

Cuentan las crónicas de la época que Lerroux, algo azorado y subido de color, interrogó al delegado que se sentaba a su vera por el motivo de la hilaridad general que provocó su entrada en aquella sala."C’ est que, vous sevez, c’ est un peu difficile de prendre sérieusement certains travaux constitutionnels que vous êtes en train de faire en Espagne", dicen que le dijo el otro. Y don Alejandro, que en eso de los idiomas tampoco le andaba a la zaga a Zetapé, parece que diose por satisfecho con la explicación musitando un lacónico "¡Ah, claro, claro...!". Y eso que aún no había llegado Zapatero para estampar en el BOE esegaggenial del "Código del buen Gobierno".

Tertuliano de La Noche de Dieter.

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