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José García Domínguez

El derecho a la pereza

A esa enfermedad, la pura y simple molicie, que no a la mala fe, procede atribuir los disparates que las más ilustres plumas patrias andan firmando estos días.

José García Domínguez
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La escena pública española, esa corrala de comadres donde el berrido eclipsa por sistema a la inteligencia, eterno escenario de un vodevil poblado de malos actores que sobreactúan para contento de un auditorio que no les anda a la zaga, resulta imposible de entender si no se repara en nuestro peor vicio nacional: la pereza. Es algo que se ha vuelto a certificar estos días tras la proclamación y consiguiente prórroga del llamado estado de alarma. Así, leyendo con la preceptiva consternación el cúmulo de tonterías publicadas al respecto, se antoja imposible no reparar en las palabras del yerno de Marx, Paul Lafargue, a cuenta de la secular holgazanería hispana. Aquéllas recogidas en El derecho a la pereza, celebración literaria de la ecuménica vagancia que observó en sus viajes a lo largo y ancho de la Península.

"Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes", certificaría, quién sabe si con inconsciente sarcasmo, en páginas ya para siempre contemporáneas. Al cabo, a esa enfermedad, la pura y simple molicie, que no a la mala fe, procede atribuir los disparates que las más ilustres plumas patrias andan firmando estos días. Así, claman desolados los unos por sus "derechos fundamentales", que creen les fueron robados de noche mientras dormían, como el carro de Manolo Escobar. Gimen los otros, compungidos ante la que dicen negra sombra del franquismo, huérfanos, según propalan inconsolables, de las prerrogativas asociadas a la ciudadanía.

Que ha entrado en barrena la normalidad democrática en España, lamentan, en fin, los de más allá, queriéndose muy sensatos. Y todo por esa incapacidad crónica para sobreponerse al bostezo, por la ancestral desidia que les impide agotarse durante cinco minutos con la lectura del Real Decreto de marras. Y más en concreto, con la de su artículo segundo, el que define el minúsculo, insignificante, ridículo ámbito espacial afectado por el estado de alarma. Ése que reza literal: "La declaración de estado de alarma afecta, en todo el territorio nacional, a la totalidad de las torres de control de los aeropuertos de la red y a los centros de control gestionados por la entidad pública empresarial Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (AENA)". Única y exclusivamente. Grande Lafargue.

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