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José García Domínguez

El gran pacto de Estado

Por lo demás, es como si la dirección del PP se hubiera creído su propia propaganda a fuerza de escuchar a González Pons recitando capsulitas de agitprop casero.

José García Domínguez
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Ortega, que tantas tonterías sobre España supo alojar en las mejores cabezas españolas, no andaba tan lejos de la verdad, sin embargo, con aquella idea suya, la del atávico sesgo particularista que marca nuestro devenir histórico. De ahí, entre otras contrariedades, que jamás falte aquí algún gallo de corral presto a montar el Cisma de Occidente si no le dejan mandar en el campanario de su aldea. Castizo gusto por el vuelo gallináceo que también retrata a los llamados a pilotar el destino de la nación. Y es que no cabe otra explicación a esa bovina renuencia a los acuerdos de Estado que hoy manifiestan los grandes partidos. Un empecinamiento tan recíproco como estúpido. Pues ambos, PP y PSOE, salen perdiendo en el empeño.

Diríase al respecto que nadie acierta a comprender que es la soberanía nacional lo que ahora mismo anda en juego. Así, consecuentes, los hooligans de las dos ganaderías continúan con lo suyo de siempre, berreando improperios igual que si nada ocurriese. En patético corolario, a cinco minutos de que un poder extranjero tome el control del país por primera vez desde la invasión napoleónica, el gran debate entre la crema de la intelectualidad gira en torno a si hemos de llamar "Pepiño" al titular de Fomento. Max Estrella y don Latino de Hispalis deben estar retorciéndose en sus tumbas. Por lo demás, es como si la dirección del PP se hubiera creído su propia propaganda a fuerza de escuchar a González Pons recitando capsulitas de agitprop casero.

Como si pensasen en serio que va a escampar en el PIB por el efecto milagroso de su cara bonita luciendo radiante en la sala de reuniones del Consejo de Ministros. Ya saben, la "generación de confianza" y demás quincalla retórica para exclusivo consumo de las audiencias televisivas. Nadie descarte, en fin, que hayan enloquecido hasta semejante extremo. Pero si restara un gramo de cordura en Génova, debieran invertirlo en aliviar la agonía final de Zapatero. Con unas municipales en el horizonte que se auguran fiel remedo del 14 de Abril, aunque solo fuera por patriotismo, esa desgastada palabra, la transición encubierta de poderes, vía consensos institucionales, tendría que iniciarse cuanto antes. Aunque solo fuera por el interés de España, esa desgastada nación.       

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