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José García Domínguez

El Rafita

El pobre Rafita, a lo sumo, daría forma a un fracaso de la pedagogía moral comunitaria; en absoluto, a la muy personal e intransferible podredumbre de una soberana conciencia individual.

José García Domínguez
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Parece ser que el ciudadano Rafael García Fernández, más conocido por el nombre artístico de El Rafita, ha vuelto a ser molestado por la Policía cuando en ejercicio de su libre albedrío procedía a apropiarse de un vehículo estacionado en la vía pública. Es sabido: se empieza secuestrando, violando y asesinando a una adolescente, y se puede acabar hurtando turismos sin conductor en La Latina.

Por lo demás, no recuerdo ahora si ha sido Rubalcaba o el propio Rafita quien, a raíz de la falta, ha dado en deponer, solemne, que "el sistema penal español es el más duro de Europa". Un rigor presunto, el reservado a los Rafitas por nuestra Ley, que, de existir más allá de la charlatanería al uso para consumo mediático, devendría inconstitucional. Tan inconstitucional, por cierto, como esa cadena perpetúa pero temporal, o temporal aunque perpetúa, que aún no me he aclarado, lanzada sobre el tapete electoral por el PP en las últimas horas.

Y es que, igual que la carta magna de la Albania comunista proclamó la inexistencia cierta de Dios, la española vigente proscribe de modo no menos hiperrealista la presencia del mal en el Universo. Repárese si no en la roussoniana literalidad de su artículo 25.2. Ese lacónico remedo de la autobiografía de Adán que reza: "Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados". ¿Quién dijo que fue Fraga, y no Foucault, el ponente constitucional de Alianza Popular?

El Rafita, pues, en ningún caso habría de ser castigado, ni antes ni mucho menos ahora. Al cabo, encarna a una víctima de la errada educación que se le proveyó en su día, otro fruto fatal de eso que no ha mucho procedía llamar "el sistema" con distendida naturalidad. Recuérdense las famosas "estructuras" y su interminable rosario de ineludibles imperativos sobre el humano proceder. Así, el pobre Rafita, a lo sumo, daría forma a un fracaso de la pedagogía moral comunitaria; en absoluto, a la muy personal e intransferible podredumbre de una soberana conciencia individual. Porque, al modo del mal, en verdad tampoco la voluntad existe, de creer a los sabios constituyentes. Roguemos indulgencia, entonces, al Rafita por los molestos incordios que entre todos hayamos podido causarle.

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