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El sóviet de Sabadell

Como buenos españoles que son, los catalanes llevan la anarquía y el caos en el ADN.

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Como Dante, que escribió La divina comedia sin todavía haber visitado el infierno en persona, yo redacto estas líneas cuando aún se desconoce el veredicto inapelable que el sóviet de Sabadell está llamado a dictar sobre el reo Artur Mas. Aunque, voten lo que voten, esa estampa grotesca, la de unos atrabiliarios diletantes de estética desaliñada decidiendo en concejo abierto el destino inmediato del territorio que algún día no tan lejano se quiso creer el motor de España, expresa mejor que cien sesudos tratados de ciencia política la definitiva decadencia de Cataluña. Prat de la Riba, Cambó, los padres todos del catalanismo político, siempre alardearon de que lo suyo era un gran proyecto de modernización y civilidad europeizante. Pero, ahora igual que entonces, en Cataluña ha acabado imponiéndose el espíritu nihilista, iconoclasta, dinamitero, castizo y cejijunto de Durruti.

Como buenos españoles que son, los catalanes llevan la anarquía y el caos en el ADN. Es enfermedad que, al parecer, no tiene remedio. Decidan los asambleístas domingueros lo que decidan, lo más probable es que los perdedores no se plieguen al criterio de la mayoría. Eso, como las sardanas o el caganer, también forma parte de la más arraigada tradición local. Los independentistas radicales del MDT, la organización nodriza que daría lugar con el tiempo a la CUP, solían dirimir sus muy sutiles diferencias doctrinales internas con bates de beisbol y puños americanos cada 11 de septiembre en el llamado Fossar de les Moreres. También es costumbre. La fama del gusto por la querella interminable y la escisión permanente, es sabido, la llevaban los trotskistas, pero el separatismo maximalista catalán nunca les anduvo a la zaga. Lo llevan en el ADN. Como el picar en el alacrán, forma parte de su naturaleza.

Se partirán en dos. Otra vez. Unos, la mitad, se irán con la Esquerra. En cuanto a la otra mitad, sépase que ya andan en conversaciones con Colau y Podemos por ver de alumbrar una gran tercera vía soberanista y anticapitalista en Cataluña. Una dualidad, por cierto, que remite a las señas de identidad de su electorado. Así, los nuevos votantes de la CUP, esos que la proyectaron desde la más testimonial de las nadas hasta los once escaños con que ahora cuenta, procedían tanto de la Esquerra, esto es del independentismo pata negra, como de ICV, esto es de las siglas que recogieron la legitimidad histórica del comunismo catalán, el difunto PSUC. En el fondo, agua y aceite. Por lo demás, vote la alegre y combativa muchachada lo que vote, el grupo parlamentario procederá después como le venga en gana. El espectáculo, señores, apenas acaba de empezar.      

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