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Elecciones en Andalucía

Ya inminente, el nuevo adelanto electoral en Andalucía servirá para volver a escribir otra vez, la enésima, el guión del 'Gatopardo' por burlerías.

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Susana Díaz | Europa Press

Ya inminente, el nuevo adelanto electoral en Andalucía servirá para volver a escribir otra vez, la enésima, el guión del Gatopardo por burlerías. Andalucía, y contra lo que manda el tópico, es el territorio más conservador de España. Mucho más que Galicia. Más que las Castillas. Más que Madrid, por supuesto. Incluso más que Cataluña, esa agreste rémora carlista y trabucaire que aún infesta el último rincón de la Península Ibérica. Andalucía es ontológicamente conservadora. Incurablemente conservadora. Desoladoramente conservadora. Quien aún se haga ilusiones sobre lo que pueda ocurrir de Despeñaderos para abajo en cuanto Susana Díaz cumpla con el ritual de firmar el decreto de disolución recuerde solo solo un dato, a saber: el día en que la misma Susana Díaz procedió con un anuncio similar hace tres años, en 2015, la Franja de Gaza y la provincia de Cádiz tenían el mismo nivel de paro, exactamente el mismo: el 42% de los habitantes en edad de trabajar.

Pero es que en el resto de la región ese porcentaje no lucía mucho más halagüeño. La media oficial de desempleo, tras 37 años ininterrumpidos con el PSOE en el poder, superaba por entonces ligeramente el 34% de la población activa. Con esos números, en cualquier otro lugar de España o de Europa, en cualquiera, se habría producido un cataclismo político. En Andalucía, en cambio, el PSOE perdió tras el escrutinio final 160.000 votos y un escaño. ¡Un escaño! Justo después de la segunda mayor crisis sistémica del capitalismo en toda su historia, un vendaval que se llevaría por delante no solo a la mayoría de los gobernantes de Occidente sino a fuerzas políticas antes dominantes que fueron borradas del mapa de un plumazo, el PSOE andaluz perdió… un escaño. ¿Cómo explicarlo? O mejor, ¿cómo entenderlo? ¿Cómo conseguir de una vez que en Andalucía, también en Andalucía, se rompa ese bucle crónico, fatal, el que liga el clientelismo político a la pobreza y la pobreza al clientelismo político en un todo inextricable que se perpetúa en el tiempo?

El mapa político de Andalucía desde el último tercio del siglo XX hasta hoy mismo resulta incomprensible sin reparar en el carácter central de esa anomalía tan suya. En España hablamos de populismo sin cesar, pero olvidando por norma que la única plasmación real y efectiva que existe en Europa de un verdadero sistema de poder populista es precisamente Andalucía. Y desde hace casi cuatro décadas, además. Lo es y lo seguirá siendo, por cierto. Porque, gane quien gane, y volvemos a Lampedusa, todo allí seguirá inamovible. Marín y Bonilla, esas dos anodinas medianías comarcales que ahora se disputan con su igual Díaz el sillón del mando en Sevilla, comparten lo esencial de una mentalidad conservadora que a nada aspira salvo a perpetuar esa misma nada que ansían heredar. Ambos únicamente pretenden, si bien compitiendo en inelegancia formal y torpeza retórica el uno con el otro, recitar en voz alta la máxima célebre que preside el guión todo del Gatopardo: "Que todo cambie para que todo siga igual". Lampedusa vive.

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