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José García Domínguez

Envainola y nada hubo

“Envainola y nada hubo”, es la sentencia que cerrará el libreto de esta comedia bufa que le ha dado por cometer al nieto del poeta. Todos aquí lo saben; el primero, él mismo. Como siempre ha sido. Como siempre será

Habría de esperar hasta ayer antes de verbalizarlo, mas lo supo desde el principio. Porque Jordi Pujol ni un sólo día de su mandato dejó de ser consciente del gravísimo peligro que se cerniría sobre Cataluña, una vez él dejara la Presidencia: romperse y desaparecer definitivamente de la faz de la Tierra. Era ese sino fatal de la patria lo que incendiaba su alma cuando susurró el nombre de aquel don nadie al oído de su consejero de Cultura. Al instante, Max Cahner i García (Max Cahner i Punto en los documentos oficiales de la Generalidad), que por tal respondía el receptor de la confidencia, correría raudo a satisfacer el deseo del president.
 
De ese modo, un oscuro maestro de catalán, Josep Lluís Carod Rovira, veía cómo era promovido a un cargo suculento en la cúspide de la Administración convergente (delegado de la consejería de Cultura en Tarragona). Empezaba la década de los noventa, y Pujol, inversor prudente, gestionaba con visión de futuro su cartera de valores. Por aquel entonces, sólo la compra de un activo para su portafolios público (el privado, alardeaba Javier de la Rosa de gestionarlo con tino) habría de terminar en fiasco. Fue cuando, por prejuicios filiales, Jordi Maragall, el padre del de la vaselina, rechazó con pesar la oferta de encabezar la candidatura de CiU al Senado.
 
Por ese carácter previsor suyo, porque siempre rehuyó el riesgo, Pujol lo dejaría todo atado y bien atado. Ya convertido en respetable hombre de Estado, el de Perpiñán lo demostraba hace un rato, recuperando su vara de maestrillo ante al hijo del senador Jordi Maragall (el PSC se vería obligado a compensarlo con un escaño propio cuando hubo de renunciar a la sinecura de Pujol). “El president de la Generalitat tiene que reconocer que se equivocó”, ha dictado el severo profesor. Y por la cosa de la imagen, se hará de rogar y remoloneará antes de pasar a limpio los deberes, pero el hermano de Ernest obedecerá la orden. Que nadie lo dude. Convénzanse de que yerran los que, lejos de esta fosa séptica, creen que asistimos al primer acto del precinto sanitario del oasis catalán. ¡Qué va!
 
“Envainola y nada hubo”, es la sentencia que cerrará el libreto de esta comedia bufa que le ha dado por cometer al nieto del poeta. Todos aquí lo saben; el primero, él mismo. Como siempre ha sido. Como siempre será. Hasta el día que alguien, en esa media Cataluña que comienza en el Carmelo y termina justo en la puerta delParlament, se decida a recordar aquel viejo manifiesto insurreccional americano. El que empezaba así: “Hasta hoy, hemos mantenido un silencio bastante parecido a la estupidez”.

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