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José García Domínguez

Fashion victims

Que un periódico extranjero glose en tono jocoso la misma escena que aquí llamó al sarcasmo general en su día, al parecer, supone un inadmisible agravio a la nación, una afrenta intolerable contra nuestra dignidad colectiva.

José García Domínguez
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Sólo una tara vergonzante de la mentalidad española, el íntimo sentimiento de inferioridad ante el resto de Europa, puede explicar ese iracundo arrebato patriotero de, entre otros, la señora Cospedal, a cuenta de un artículo humorístico de cierto diario alemán. Así, que un periódico extranjero glose en tono jocoso la misma escena que aquí llamó al sarcasmo general en su día, al parecer, supone un inadmisible agravio a la nación, una afrenta intolerable contra nuestra dignidad colectiva, poco menos que un supuesto tipificado de casus belli. Al punto de que la señora Cospedal hasta se ha olvidado ya de que vivimos bajo un temible "Estado policíaco", la antesala misma del Gulag. Y todo con tal de amparar en su maternal regazo a las pobres fashion victims del Gobierno y su muy notoria querencia por los trapitos. ¡Válgame un santo de palo!, que clamaría el maestro Valle.

Al respecto, y contra lo que sostiene alguna derecha tremendista, el único proyecto de ingeniería social surgido de la cabeza de Zapatero fue su cambio de peinado justo tras recalar en La Moncloa. Una genuina obra maestra de la arquitectura capilar masculina, procede conceder. No por casualidad cuando los contenidos se desvanecen, las formas siempre se aprestan a monopolizar el escenario social. Es lo que le ha ocurrido a la socialdemocracia flácida con mucho rimel, más carmín y ninguna idea que gastan en Ferraz. De ahí, por cierto, la fulminante eclosión de las y los horteras, inevitable correlato plástico del ocaso de las ideología, en el actual PSOE.

Recuérdese al respecto que el vocablo "hortera" se acuñó en el Madrid de principios del siglo XX, respondiendo a la necesidad de designar a los mancebos de botica recién llegados de provincias que trataban de imitaban los modos de su adinerada clientela. Desde entonces, hortera es aquél –y aquélla– que concentra sus energías todas en mimetizar las maneras del grupo que considera superior, y en el que sueña ser aceptado. Sin embargo, fracasar constituye el sino fatal del y la hortera. Forzada hasta el linde de la comicidad, la sobreactuación en la impostura siempre los delata. Razón primera y última de que la Cospedal nunca haya de correr en auxilio de Angela Merkel para salvarla de algún ridículo ecuménico. Por ejemplo.

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