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José García Domínguez

Florenci, su hijo, la hermana y el cuñado

Dicen que una vez le preguntaron a Einstein cuál era la fuerza más poderosa del Universo y que él, sin dudarlo ni un segundo, respondió que el interés compuesto.

José García Domínguez
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Dicen que una vez le preguntaron a Einstein cuál era la fuerza más poderosa del Universo y que él, sin dudarlo ni un segundo, respondió que el interés compuesto.
Jordi Pujol. | Europa Press/Archivo

Dicen que una vez le preguntaron a Einstein cuál era la fuerza más poderosa del Universo y que él, sin dudarlo ni un segundo, respondió que el interés compuesto. Jordi Pujol, hombre, no se olvide, de formación científica –es médico–, seguramente se sentía avalado por la autoridad intelectual del padre de la Física moderna cuando, hace unos días, volvió a explicarle al señor juez que lleva su caso, prole al completo incluida, que los 630 millones de pelas que aparecieron en una cuenta bancaria andorrana abierta a su nombre eran fruto de ese antiquísimo milagro financiero de los panes y los peces, el interés compuesto.

Y es que su previsor padre, el avi Florenci, habría apartado a Andorra 140 millones de pesetas hace muchos, muchos años, todo con el único fin de que "se garantizara la estabilidad financiera de su nuera y nietos". Lo que más le preocupaba en este mundo, se ve, era la felicidad pecuniaria de la nuera. Y ya se sabe, peseta a peseta, granito a granito, intereses reinvertidos a intereses reinvertidos, los 140 millones acabaron convirtiéndose en los 630 kilos que luego se repartieron a escote entre la Marta y sus siete ávidos retoños. Hablaríamos, pues, de una simple herencia, aunque algo irregular.

Pero en esto apareció el cuñado. Porque Pujol tiene una hermana, la señora Maria, y la señora Maria, como suele ocurrir en estos casos, tiene a su vez un marido, el cuñado Francesc. Y resulta que a Francesc, antiguo alto directivo de Banca Catalana con Jordi y hombre de eso que antes se llamaba seny, la historia de los 630 millones no terminaba de hacerle el peso. ¿Cómo iba a ser posible que Florenci, a quien su amada hija Maria cuidó durante sus últimos años de vida, lo que le llevó a comprar y habitar un piso que estaba justo puerta con puerta con el de ella, iba a excluirla de su testamento a fin de legar la fortuna andorrana a la cuñada Marta?

En la cabeza de Francesc, testa impecablemente amueblada, no había suficiente espacio libre a fin de poder alojar semejante cuento chino. Y de ahí la frase, ya legendaria, con la que doña Maria Pujol i Soley se hará un hueco en los libros de historia del País Petit: "Pero ¿de qué herencia hablas, Jordi?".

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