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José García Domínguez

Franco, el cava y Maragall

A tal extremo llegó la ira inquisitorial del fascio contra el joven luchador socialista que Franco hubo de violar sus propias leyes para lograr que el dinero le llegase puntualmente a Manhattan cada primero de mes

José García Domínguez
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Para Manuela de Madre supuso un acontecimiento dionisiaco. “Recuerdo el cava, celebrando el fin de una etapa oscura”. Igual que ella, Felip Puig, el responsable de las obras del Carmelo, se dio al alcohol en la intimidad familiar. “En casa abrimos cava”. Caterina Mieras, consejera de Sanidad del tripartito, también regó en espumoso la jornada. “Esa noche vinieron amigos a casa y traían cava escondido”. Ocultamiento y precauciones que no se acaban de comprender ya que, de creer a Montse Tura, no implicaba riesgo alguno brindar a gritos en plena calle. “Recuerdo la celebración en las Ramblas”.
 
A su vez, en la mente de la joven Carmen Chacón, esos lejanos ríos de cava marcarían un hito crucial en la formación de su memoria sentimental. “Recuerdo con claridad el cava en casa”. Impronta insólita si se toma en consideración que Carmencita apenas sumaba cuatro primaveras durante aquel amanecer histórico. Por su parte, Carod- Rovira, aún ajeno a ese artificio burgués de los refinamientos urbanos, agarró un atracón porcino. “Esa noche cené tres pizzas y brindamos con cava”. Sin embargo, aunque se antoje desconcertante, ni uno solo de nuestros heroicos combatientes retiene que no se utilizaba la palabra “cava” en la época, por la simple razón de que todavía no había sido inventada.
 
En cualquier caso, a tenor de esa encuesta que publicaba ayer La Vanguardia, diríase que Pasqual Maragall fue el único de los centenares de miles de conspiradores antifranquistas domésticos que no se bebió una botella de champaña –que así se decía entonces– aquel 20 de Noviembre de 1975. Pues confiesa: “Tenía 34 años, militaba en Convergència Socialista de Catalunya y trabajaba en el Gabinete Técnico del Ayuntamiento de Barcelona. Ese día recuerdo la percepción de un ayuntamiento dividido entre los que mostraban su tristeza y los que debíamos contener una emoción inmensa. Bajamos a celebrarlo a la Plaza de Sant Miquel”.
 
Tan sobria celebración de una “emoción inmensa” únicamente se comprende al saber del asedio, persecución y hasta tortura que padeciera Pasqual Maragall a manos de los sicarios del dictador. Eso, a pesar de que el natural discreto de nuestro President preferiría ahorrarnos a los catalanes los pormenores del calvario al que fue sometido por Franco durante la tiranía. De ahí que pocos hayan acusado recibo de que el alcalde Porciones, la mano derecha del Caudillo en Barcelona, humilló a Maragall obligándolo a integrarse en la elite de la elite de su equipo de asesores personales –el sanedrín de veinte validos designados a dedo que respondía por Gabinete Técnico–. Aunque aquella afrenta de los totalitarios apenas supuso el principio de su dramático vía crucis. Porque, poco después, en el colmo del sadismo, Maragall fue forzado por los fascistas a continuar cobrando su sueldo mensual íntegro durante los dos años de excedencia que llenaría reflexionando en Nueva Yok, entre 1971 y 1973.
 
Y a tal extremo llegó la ira inquisitorial del fascio contra el joven luchador socialista que Franco hubo de violar sus propias leyes para lograr que el dinero le llegase puntualmente a Manhattan cada primero de mes. Ocurre que sacar de España tales sumas hubiera supuesto incurrir en un delito de fuga de capitales para quien lo intentase. Razón de que los verdugos del sátrapa ferrolano ordenaran a más de media docena de altos cargos del régimen en Barcelona remitir de forma individual giros periódicos de divisas al expatriado, hasta completar entre todos los haberes de su nómina sin violar la Ley de Cambios franquista. Ese fue el cruel modo elegido por el autócrata para perseguir y atormentar al sufrido militante clandestino, incluso al otro lado del Atlántico. Por lo demás, tan profundas han sido las secuelas psicológicas padecidas por Maragall tras tan siniestro acoso que, a causa del estrés, hasta ha olvidado donar aquel dinero a los contribuyentes barceloneses. Ni aunque fuera actualizándolo a una tasa de sólo el tres por ciento.

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