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José García Domínguez

Goebbels y la Escuela de Barcelona

¿Quién le habría de decir a Leni Riefenstahl, tan elegante ella, tan distinguida ella, tan exquisita ella, que algún día se reencarnaría en Leire Pajín?

José García Domínguez
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En Mi lucha, prescribe Hitler con fría, indiferente lucidez: "Toda propaganda debe situar su nivel en el límite de las facultades del más limitado entre aquellos a quienes se dirige... La capacidad de asimilación de la masa es tan restringida como acotado su entendimiento; por lo demás, su falta de memoria es grande. En consecuencia, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes y poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas hasta que el último de los destinatarios sea capaz de captar la idea".

 

Imposible no recordar ese párrafo –y aquella Europa– al contemplar el muy sentido homenaje póstumo a Goebbels que acaba de difundir el PSOE en forma de vídeo electoral. Sublimes, memorables, gloriosos fotogramas, esos en los que el partido de Mister X y el probo vocero Rubalcaba denuncia, escandalizado, a los partidarios de la pena de muerte. Extraordinaria escena, aunque quizás se eche de menos un primer plano de la candidata Carmen Romero jugando al corro de la patata ante el presidio donde cumplirían condena los subordinados del jefe supremo del GAL.

¿Quién le habría de decir a Leni Riefenstahl, tan elegante ella, tan distinguida ella, tan exquisita ella, que algún día se reencarnaría en Leire Pajín? Por lo demás, nada cabría objetar a ese soberano insulto a la inteligencia del electorado socialista si no fuese por una única, patética razón, a saber, que es eficaz. Contra toda ingenuidad ilustrada, contra toda esperanza civilizatoria, esa apelación a la barbarie cognitiva, ese Chernobyl del pensamiento, funciona. El PSC, siempre en la vanguardia de todas las bajezas éticas y estéticas que exija el populismo más zafio y ramplón, lleva años demostrándolo.

Así, cuanto más grosera y obscena, cuanto más burda la caricatura maniquea resumida en el mensaje electoral, más sufragios. Siempre, invariablemente. Ocurrió en las generales, cuando ganó por un margen que llamaba a escándalo tras ilustrar a su gente, a la ciudadanía como dicen los pícaros, con un cómic de Tarantino digno del más liso de los encefalogramas planos. Y, con todo certeza, habrá de repetir fortuna merced a un ubicuo cartel poblado por los rostros amenazantes de Chirac, Berlusconi, Bush, el mismísimo demonio emboscado tras el bigote de Aznar... Es la Escuela de Barcelona, la genuina, no aquella broma pijiprogre de los Portabella y cía.

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