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José García Domínguez

Greta es Jesucristo

Esto no va de política. Esto va de religión. De religión y de milenarismo.

José García Domínguez
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Esto no va de política. Esto va de religión. De religión y de milenarismo.
EFE

Esa chica, Greta, es Jesucristo. Y el único error profesional de los directivos de su equipo de márketing celestial ha sido renunciar a que se nos apareciera en Madrid montada en un burrito mientras los miles de alumbrados fieles que han acudido a recibir su buena nueva climática agitaban hojas de palma a su paso. Pero un error, ya se sabe, lo puede tener cualquiera, incluso el consejo de administración de Dios S. A. Porque esa chica, Greta, es Dios hecho carne, carne de plató televisivo por más señas. Y se equivocan los críticos que aún no han entendido que es Dios. Porque no estamos ante un fenómeno que quepa interpretar solo ni prioritariamente en clave política. No estamos ante otra vulgar batallita rutinaria entre la izquierda, más proclive a controlar las emisiones contaminantes de la industria, y la derecha, más sensible a no lesionar los intereses económicos de los grupos empresariales cuya actividad productiva genera externalidades con efectos nocivos sobre el medio ambiente. Eso sería simple y prosaica política. Pero esto no va de política. Esto va de religión. De religión y de milenarismo.

Y que el catalizador de la venida a la Tierra de Greta haya sido el asunto del clima, en el fondo, resulta anecdótico, secundario. El detonante podría haber sido cualquier otro. Porque lo en verdad sustantivo en el fenómeno Greta no es esa niña en sí misma ni su mensaje ecologista, sino el hambre inconsciente de religión de esos rendidos creyentes que concita a su paso por todo el mundo. Creyentes que, muy erradamente, se tienen por ateos o agnósticos en su inmensa mayoría. Porque a esas masas audiovisuales que conmueve Greta lo que las galvaniza no es la angustia por el deterioro del medio ambiente sino la nostalgia de Dios. El vacío que dejó en ellos aquel Dios distante y severo de la Biblia cuya muerte súbita certificó Nietzsche allá a finales del XIX.

Entre las mentiras canónicas que dan forma a la visión del mundo que los habitantes de la era contemporánea compartimos, acaso la más falsa sea esa que sostiene que ahora vivimos en una época histórica secularizada. Todo lo contrario, sin embargo. En Europa la religión salió por la puerta en el siglo XVIII para volver a entrar por la ventana poco después, solo que cubierta con otros mantos, mucho más toscos y carentes del oropel estético del misterio cristiano, que la hacían menos reconocible a primera vista. El culto a la ciencia y al Progreso de los positivistas del XIX fue uno de ellos, y no el más nocivo, por cierto. El comunismo, aunque los jóvenes de ahora no lo sepan ni les importe, fue lo mismo: una religión laica llamada a instaurar el reino de Dios, del Dios justiciero, en la Tierra. Y el culto neopagano y panteísta que se encarna en la mirada ida de esa pobre niña loca no es más que un epígono, el enésimo, de los sucedáneos que han intentado cubrir el vacío de Dios. Ese vacío desolado que cualquier telespectador español puede constatar cada noche recorriendo las decenas de programas de echadoras y echadores de cartas que hacen su sórdido negocio con la triste soledad interior de sus víctimas. Olvidad, pues, la política. No es política. Es Dios. Y se nos ha aparecido.

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