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Italia, al borde del abismo

Poca broma, muy poca broma con esa ruleta rusa que ha puesto en marcha Renzi.

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Matteo Renzi | EFE

Mateo Renzi parecía un tipo más inteligente que aquel obtuso Cameron al que Dios confunda. Pero las apariencias engañan. De ahí que esa necia moda que hace furor entre el establishment con pulsiones suicidas, la de jugar a la ruleta rusa con los referendos, se pueda llevar por delante (como yo también soy aficionado a la misma ruleta, escribo sin conocer aún el resultado) no solo a Renzi, apenas un figurante menor en la tragedia europea, sino al euro mismo. A fin de cuentas, los dos eslabones débiles del euro son Italia y Francia. Si cualquiera de los dos Estados diese el paso de abandonar la moneda común, el euro se desintegraría en el acto. Asunto, por cierto, que quizá no constituiría ninguna desgracia para el futuro del continente. Y es que el referéndum de Renzi, una bagatela baladí encaminada a transformar el Senado en otra institución tan decorativa e inane como su homónimo español, se ha acabado convirtiendo, tal como no era tan difícil de prever, en un plebiscito sobre la austeridad y sus secuelas entre la población local más castigada por la parálisis de la Eurozona.

Como la propia España, Italia no tendría que haber entrado en el euro, al menos no en su fase inicial. El euro, una divisa demasiado fuerte para una economía de segunda fila como la española, también era un traje que le venía grande a Roma. Así, a diferencia de Polonia, país tan parecido al nuestro por tamaño y nivel de desarrollo, pero cuyos líderes tuvieron la lucidez de mantener al margen de la unión monetaria (razón por la que no ha sufrido ni un solo día la crisis que nos asuela a nosotros), tanto italianos como españoles llevamos ocho años, desde 2008, pagando las consecuencias de una decisión política que nunca se debió tomar. Desde aquel entonces, mantener con alguna apariencia de vida a ese gigantesco zombi que es el sistema bancario europeo nos ha costado ya a los contribuyentes algo más de dos billones de euros, el valor a precios de mercado de todo lo que produce España durante un par de años seguidos. Pero, a pesar de sacrificio colectivo tan inmenso por parte de los ciudadanos europeos, la banca sigue al borde de la quiebra. Sobre todo, la italiana.

Porque el genuino problema de Renzi no era la tontería del Senado y su reforma, sino los bancos. Unos bancos, los italianos, cuya cartera de créditos vencidos e impagados alcanza a día de hoy el 17% del crédito total del país. Situación que pondría los pelos de punta a cualquier gobernante con un par de dedos de frente. Por resumirlo en una cifra, a los bancos italianos les deben 360.000 millones de euros que nunca van a cobrar. Eso viene a ser un tercio del PIB español, palabras mayores. Y lo peor es que no estamos hablando de media docena de orondos financieros multimillonarios con levita y chistera, sino de cientos de miles de pequeños accionistas que perderían sus ahorros si esos bancos terminan quebrando; cientos de miles de pequeños accionistas que también son cientos de miles de votantes irritados. Por eso Roma está buscando a la desesperada la forma legal de eludir las estrictas reglas impuestas por la Comisión Europea que le impiden el empleo de recursos públicos para recapitalizarlos. Así las cosas, una salida del euro de Italia (hoy) o Francia (mañana) conllevaría asociada la mayor suspensión de pagos (eso que los cosmopaletos llaman default) de la Historia. Tenedores alemanes de deuda emitida en euros italianos o franceses verían con horror que sus títulos se les pagarían en liras o francos hiperdevaluados. Y Alemania se daría cuenta, por fin, de que su obsceno superávit por cuenta corriente puede terminar condenándola a ella misma. Poca broma, pues, muy poca broma con esa ruleta rusa que ha puesto en marcha Renzi.

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