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José María Marco

José María Marco resulta ser cualquier cosa, cualquiera, menos un nacionalista español. Bien al contrario, Marco es un patriota español.

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El partido conservador español, o sea Vox, acaba de incurrir en la audacia inaudita en este tiempo nuestro, el del culto ubicuo a los vendedores de humo – y a los gurús de los refrescos –, de incorporar a un intelectual genuino, uno de los de verdad, para encabezar su candidatura al Senado por Madrid. Una audacia por partida doble en la medida en que José María Marco, además de encarnar en su persona el paradigma del pensador riguroso que tiende a huir de la banalidad narcisista a la que tan proclive resulta el exhibicionismo mediático que a tantos otros de su gremio obnubila, es acaso el principal exponente vivo de la tan necesaria concepción no nacionalista de la idea de España. Así, el partido conservador, hoy señalado desde todas las trincheras de la modernez impostada y pueril como poco menos que una rémora del más añejo casticismo identitaria hispano, resulta que ha cooptado para liderar su lista a la Cámara Alta a un historiador y ensayista que ha dedicado toda su vida a combatir, y con las solas armas de la razón y de la inteligencia laica, la percepción distorsionada y falaz de la realidad histórica de España que cabe achacar al nacionalismo español en sus distintas cuadras y glaciaciones.

Porque José María Marco resulta ser cualquier cosa, cualquiera, menos un nacionalista español. Bien al contrario, Marco es un patriota español. Y un patriota es alguien que quiere a su país tal y como es, no como él desearía que hubiese sido y nunca fue. He ahí, por lo demás, la gran diferencia entre un nacionalista y un patriota. Marco, como buen patriota español, no sueña con una España ideal e idealizada que nunca jamás existió en la realidad. Eso lo deja para los nacionalistas. El nacionalismo, cualquier nacionalismo, igual los pequeños que los grandes, sostiene en muchos de sus escritos con lúcida clarividencia, esconde en su común e intercambiable almendra ideológica una concepción perversa y nihilista de las comunidades humanas. De ahí que todos los nacionalistas siempre anden distinguiendo entre los buenos vascos y los malos vascos, los buenos catalanes y los malos catalanes, los buenos españoles y los malos españoles.

Los patriotas, y sigo en esto apelando a él, se reconocen en el país real del que forman parte. No ansían purificarlo, empresa absurda y quimérica donde las haya, sino subordinar las emociones, la estética – el nacionalismo es un culto pagano a la estética – y los sentimientos a una atmósfera moral que apele a la razón frente a la pulsión de la "identidad" y de la "cultura", esos dos muy pudorosos eufemismos arteros con los que hoy se designa a la sangre y a la raza. A Marco, nadie lo dude, le llamarán fascista a partir de ya mismo. Pues, de sobra es sabido, aquí es tildado automáticamente de fascista cualquiera que ose atreverse con la empresa de incorporar el hecho nacional español al discurso político. Riesgo que el Partido Popular, el mismo Partido Popular que estando en el Gobierno premió con todos los honores institucionales a alguien como José Álvarez Junco, se ha apresurado, como siempre suele, a no correr en exceso. De ahí que Marco esté ahora mismo donde está: en el partido conservador español.

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