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La "Catalunya" discutida y discutible

Diga lo que diga y haga lo que haga Montilla, lo primero que al auditorio le viene a la mente es el fotograma de un japonés soltándose por bulerías; la imposibilidad metafísica de trasplantar ese algo indefinible que los flamencos llaman el duende.

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Con el visceral catalanismo de José Montilla a uno le ocurre lo mismo que cuando contempla esos cuadros flamencos japoneses que, de vez en cuando, aparecen en la televisión. Por regla general, la puesta en escena suele ser inobjetable, canónica, perfecta; al igual que la pericia técnica de guitarristas, bailaoras y palmeros, asimismo admirable por su fidelísima, mimética reproducción del original genuino. Y sin embargo, pese a la entrega con que los artistas se dan al empeño, algo hay en la extravagancia del conjunto, en la inevitable comicidad de estampa tan impostada, que provoca la sonrisa del espectador

Así Montilla. Como el rayo que no cesa, don José, inasequible al desaliento, recita una y otra vez las filípicas más incendiarias del irredentismo soberanista. Declina el hombre con esa prosodia cansina tan suya todos los lugares comunes, los tópicos más sobados, las añejas, mil veces manidas cantinelas del nacionalismo arrauxat. Armado de férrea perseverancia, insinúa funestas desafecciones civiles; augura divorcios sísmicos; invoca, circunspecto, a los espíritus de la más negra discordia patria... pero al observador, sin saber por qué ni tampoco poder evitarlo, se le escapa la risa. Y es que, al modo del payaso triste, que llora por dentro mientras el público, ajeno al intimo desgarro, se desternilla con sus grotescas muecas, la gran tragedia del Muy Honorable reside en que no logra provocar miedo, por mucho afán que empeñe en la labor.

Tanto da que enarbole furioso la lanza indígena de Carod, que se embriague con los místicos aromas de Montserrat de Pujol, que emule el posado insurreccional de Macià o que amague con desfilar tras el espectro de Companys camino del balcón del Palacio de la Generalidad... Diga lo que diga y haga lo que haga, lo primero que al auditorio le viene a la mente es el fotograma de un japonés soltándose por bulerías; la imposibilidad metafísica de trasplantar ese algo indefinible que los flamencos llaman el duende. De ahí, cruel, la sonrisa. Resulta inevitable, por mucho que se desvivan Montilla y su patibulario apéndice, Pepe Zaragoza, en el muy estudiado simulacro rupturista del PSC siempre ha de rechinar lo principal, esto es, el duende. Porque España será una nación discutida y discutible, pero anda que su Catalunya...

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