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José García Domínguez

La codicia

He ahí nuestra cruz: capear con la mayor crisis sistémica en décadas bajo el liderazgo de una casualidad ferroviaria que ni siquiera sabe leer un balance.

José García Domínguez
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Siempre que los brazos de Zapatero, de natural desmayados e inertes como todo él, mutan en un par de compulsivas guillotinas que feroces trocean en lonchas el vacío, hay que prepararse para lo peor. Ayer volvió a ocurrir. Así, tal como suelen los boxeadores sonados, al presidente le dio por administrar una somanta de cachetes a la nada mientras, solemne, recitaba otra de esas perogrulladas de patio de colegio que le son tan gratas.

Según tan contundente confesión, España va a plantarse en la reunión del G-20 con ánimo de eliminar del planeta los incentivos que provocan "la codicia", causante primera y única de esta crisis a decir del supremo jefe de los compañeros Hernández Moltó y Narcís Serra. Ya puestos, Zapatero podría liderar también un proyecto internacional para extinguir la gula, la envidia, la lujuria, la avaricia, la soberbia, la ira, la pereza y la tontería, que no otro es el octavo de los siete pecados capitales. Es más, ¿por qué no auspiciar junto a su cuate, el civilizable Erdogán, otro plan global con tal de suprimir la realidad misma, esa ingrata compañera de juegos en su gozoso universo infantil?

En fin, he ahí nuestra cruz: capear con la mayor crisis sistémica en décadas bajo el liderazgo de una casualidad ferroviaria que ni siquiera sabe leer un balance. Porque lo grave no es que viva permanentemente instalado en semejantes lugares comunes de tertulia de rebotica, en esos burdos latiguillos de barra de bar, rancios tópicos de corrala de vecinas siempre susceptibles de dar con su justo corolario en el vasto refranero patrio: la avaricia rompe el saco, no todo lo que brilla es oro, el que quiera peces que se moje el culo, etc. Lo en verdad acongojante es que se le adivine tan incapaz de aventurarse por otra línea argumental.

¿Cómo explicarle a semejante erudito que, al igual que la pólvora, la sopa de ajo o el ungüento amarillo, el concepto de riesgo moral aplicado a las finanzas resulta que ya fue inventado en su día? ¿Cómo descubrirle que el canon ordena poner coto a las depredaciones de la humana codicia obrando, mira por dónde, al revés de como ha hecho él con sus serviles regalos a la Banca? ¿Codicia, dice? ¿Cómo hacerle entender al genuino inventor del socialismo al servicio de los ricos que poesía, José Luis, eres tú? 

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