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José García Domínguez

La conjura contra Torra

En la Plaza de San Jaime se da por hecho que el testaferro será inhabilitado judicialmente tan pronto como el próximo mes.

José García Domínguez
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En la Plaza de San Jaime se da por hecho que el testaferro será inhabilitado judicialmente tan pronto como el próximo mes.
EFE

A estas horas inciertas, el único proyecto estratégico conocido del núcleo rector del catalanismo político es tirar piedras. Tras más de un siglo ejerciendo la hegemonía social, política y cultural entre el grueso de las clases medias y menestrales autóctonas, en su lejano momento la columna vertebral de la sociedad catalana, ahora mismo, al testaferro Torra y a su patrón Puigdemont solo les queda ese argumento, el de las piedras. Pero ni siquiera la apuesta decidida por las piedras puede resultar viable a medio plazo como alternativa polpotista a la claudicación sin condiciones. Y es que la carta de los adoquines se podía jugar en Bilbao, como de hecho se jugó durante lustros, pero no en Barcelona. En Barcelona cabe hacer el animal durante una semana para que se desfoguen y pasen el luto los hijos putativos –y también los biológicos– de Torra, pero nada parecido a la kale borroka tendría aquí futuro. Y es que conviene tener muy presente a esos efectos asilvestrados que la capital de Cataluña representa a día de hoy uno de los principales destinos turísticos no de Europa, sino del mundo.

En 2018, el año pasado, casi 16 millones de visitantes foráneos (15,8 para ser precisos), la inmensa mayoría de ellos extranjeros (algo más de 12 millones) se dejaron en la ciudad unos 13.500 millones de euros. Esa, 13.500 millones de euros, es la pequeña diferencia entre quemar contenedores en el casco viejo de Bilbao y hacer lo mismo en el Ensanche de Barcelona. Bilbao, ni vivía ni vive de su imagen internacional, pero Barcelona sí. Y cada vez más. De ahí que la inquietud por el futuro incierto de esos 13.500 millones resulte algo muy presente en la trastienda de la vasta conjura que se acaba de poner en marcha dentro de la élite dirigente del nacionalismo para defenestrar al tándem Torra-Puigdemont, un golpe palaciego que dirige Esquerra Republicana pero que cuenta con apoyos que van desde Colau, que ha corrido a hacerle el vacío a Torra en su momento más difícil, hasta la antigua dirección de CDC, ahora aterrorizada ante la deriva de los acontecimientos y la falta de sentido de la realidad del president y del Payés Errante.

Cuanto está ocurriendo en las últimas horas, desde la negativa de Sánchez a cogerle el teléfono hasta la expulsión de Rufián en la manifestación de los CDR a instancias de los militantes de la ANC, procede interpretarlo en esa clave. Torra ni siquiera conserva en este instante el control sobre los Mossos, que han venido actuando de modo coordinado con la Policía Nacional gracias a que el consejero de Gobernación, Buch, que dispone del respaldo político de la Esquerra y de la dirección del PDeCAT enfrentada a Puigdemont, opera en todo momento por su cuenta y riesgo. Así las cosas, en la Plaza de San Jaime se da por hecho que el testaferro será inhabilitado judicialmente tan pronto como el próximo mes, cuando se celebre la vista en el TSJC por su desobediencia a la Junta Electoral en el asunto de los lazos amarillos. Ese es el momento procesal que los conjurados están esperando para promover a Pere Aragonès para la Presidencia, adelantar las elecciones y, de paso, asestar el golpe definitivo a Puigdemont. Y mientras tanto, más piedras.

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