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José García Domínguez

La conspiración de WhatsApp y el misterio de las mascarillas

La capacidad para creer en trolas es casi lo único que nos queda del mundo de ayer. O sin el casi.

José García Domínguez
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Si algo ya ha quedado demostrado de sobras a estas alturas de cuarentena es que el calentamiento global existe, si bien se trata de un fenómeno que afecta, mucho más que a la temperatura exterior del planeta, al hervor interno en las mentes de unas cuantas docenas de dirigentes políticos españoles. He ahí, sin ir más lejos, esas dos majaderías canónicas que andan provocando un furor incendiario en las llamadas ‘redes sociales’ desde hace unas 48 horas. Me refiero a la gloriosa melonada depuesta del consejero de Interior de la Generalitat, el irascible señor Buch, acusando al ministro de Sanidad, su paisano Salvador Illa, de orquestar una artera y siniestra maniobra contra Cataluña y su gloriosa historia tardomedieval al haber enviado a la región 1.714.000 mascarillas sanitarias. O sea, barrunta el consejero, una velada alusión a la derrota de las tropas austracistas de las que formó parte, por lo visto, el propio señor Buch en el año 1714, cuando la Guerra de Sucesión.

Se entiende, pues, el escándalo mayúsculo que han organizado los separatistas frente a tamaña canallada de Madrit. Claro que si les hubieran mandado, yo qué sé, 1.808.000 caretas, Buch habría denunciado entonces otra no menos clarísima referencia sarcástica e hiriente al célebre tamborilero del Bruch. Aunque, vaya usted a saber, también podría haber alertado a los patriotas catalanes de que 1.808, y no por casualidad sin duda, es el resultado de sumar 1.714 y 94. ¡Blanco y en botella! Como cabras, sí. Pero es que al otro lado del Ebro la cosa tampoco pinta demasiado bien a esos efectos cínicos. Resulta que, a falta de otros entretenimientos más provechosos con los que matar el rato en casa, algunos políticos y periodistas de la capital han dado el propalar la especie ridícula de que WhatsApp, una aplicación electrónica de comunicaciones privadas y de implantación planetaria, gestionada desde Estados Unidos por norteamericanos y sin ningún vínculo particular ni relación especial con España, se habría conchabado en un cenáculo secreto con Sánchez e Iglesias a fin de evitar las críticas al Gobierno por la muy astuta vía de censurar los archivos compartidos por sus usuarios.

De manicomio. También de manicomio. Bien, pues las dos fricadas no sólo han sido creídas por miles y miles de usuarios de internet, sino que siguen siendo objeto de sesudas exégesis mientras escribo estas líneas. El mundo, nuestro mundo, aquel que creíamos irremplazable e inconcebible su final hasta hace un mes y pico, se ha venido abajo por culpa de un minúsculo y ridículo bichito de mierda. Pero las insólitas, siempre asombrosas lindes de la ingenua credulidad humana siguen ahí, tan pétreas e inamovibles como siempre. De hecho, la capacidad para creer en trolas es casi lo único que nos queda del mundo de ayer. O sin el casi.

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