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José García Domínguez

La derecha se rila

La media España que se ha pasado casi cuatro años desfilando sin tregua por las calles, tampoco lo ha hecho para que usted y su corte de burócratas administren con eficiencia el esqueleto de sardina en que ha quedando el Estado

José García Domínguez
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En España, don Mariano, sólo hay tres indicadores electorales de los que uno se puede fiar porque no fallan jamás; apenas esos tres, el resto es puro cuento. Créame, don Mariano, para que le cupiese dormir con la certeza indubitada de que esto está ganado, por riguroso orden cronológico habría de acontecer lo siguiente. Primero, que el director de La Vanguardia ex española firmara un amplio reportaje ilustrado en el suplemento dominical dedicado a glosar lo discreta y elegante que luce su señora de usted en todos los eventos sociales a los que acuden juntos. Segundo, que el presidente de un gran banco se arriesgara a hacer unas risas a su lado en el Telediario de las nueve. Y, tercero, que Conchita Velasco concediese una exclusiva al Hola para glosar lo interesante que queda con esa barbita tan chic.

Hasta que todo eso no ocurra –y, de momento, no hay visos de que vaya a suceder–, usted no dejará de ser más que un precario interino con un contrato-basura de seis meses. Hágame caso, hombre, que eso es lo que hay. Se lo digo porque parece mentira que habiéndose pasado toda la vida aquí, en este país de veletas y troleros compulsivos, aún se tome en serio a ese gremio de vendedores de crecepelo que son los fabricantes de encuestas. Parece mentira, pero debe ser verdad. Porque está claro que a usted han vuelto a engañarlo con la bagatela de que lo suyo es ponerse a hacer –de nuevo– el Don Tancredo.

De ahí que le haya faltado tiempo para correr a colocarse de perfil con tal de aclararnos que la Constitución, bien, gracias; y que tranquilidad y buenos alimentos. En fin, diríase que ese chico del Rolex, Costa, le ha convencido de que también usted podrá aterrizar en La Moncloa sólo a base de humo, igual que el otro. O sea, perorando de eficiencia en la gestión y para de contar. Por eso, no voy a perder el tiempo ahora explicándole que Pablo de Tarso no se desvivió por la eficiencia, sino por la Iglesia católica; que Danton no trabajaba por la eficiencia, sino por la libertad, la igualdad y la fraternidad; que Solzhenitsyn no arruinó su juventud en el Gulag por defender la eficiencia, sino por un reverencial respeto hacia la dignidad de todos los seres humanos.

Y que la media España que se ha pasado casi cuatro años desfilando sin tregua por las calles, tampoco lo ha hecho para que usted y su corte de burócratas administren con eficiencia el esqueleto de sardina en que ha quedando el Estado, sino para que esta península deje de ser una mera comunidad de propietarios y vuelva a constituirse en la nación que fue.

No. Mire, don Mariano, mejor que se lo explique su director de campaña.

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