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Parece que el bachiller Montilla se muestra decidido a sacar su pizarrín y dar unas cuantas lecciones de economía al presunto vicepresidente de la cosa, Pedro Solbes. Nadie se extrañe del caso, porque este cordobés sabe latín. Por saber, sabe hasta lo que no está en los libros. Por ejemplo, no hay un sólo economista en el mundo que conozca el número óptimo de empresas de telefonía que deben competir en un mercado para que sea eficiente. Bueno, pues lo que ignoran tanto los zotes salidos de Oxford y el MIT como los lerdos que operan cada día en el Nasdaq, lo tiene más que sabido y requetesabido el ex alcalde de Cornellá. Y es que si doctores tiene la Iglesia, el PSOE no iba a ser menos, y para muestra este líder de los capitanes del Bajo Llobregat.
 
No acaban ahí los prodigios. Si a los escolásticos debemos la doctrina del “precio justo”, al talento innato del ministro de Industria habrá que agradecer la pía máxima neomercantilista que prescribe no comprar en domingos y fiestas de guardar. La “Europa social” debe ser eso: cada día, a la vuelta del curro, todos a coger el carrito y a dar gasto en el colmado del señor del mandilón gris. Ya lo decía don Ramón del Valle Inclán, el gran teórico de la economía en el que inspira su acción el ministro: “La revolución más urgente es convertir a los ricos en pobres”. Además, es sabido que el liberalismo es pecado, y entre la disciplina de mercado y la de partido, los nuevos carlistas, como harían los viejos de don Ramón, no tienen dudas sobre a qué autoridad se deben someter los malvados mercaderes.
 
Esta España en la que Montilla ha llegado a ministro va camino de convertirse en un estado sin nación, pero la nación sin estado a la que él se debe posee hasta un banco central. De ahí, que desde su ministerio se vuelva a hablar de política industrial que es la manera discreta de hacer nacionalismo económico; o lo que es lo mismo, de jugar a construir grandes conglomerados empresariales sometidos al poder político, con la garantía de que el riesgo siempre lo asumirán los contribuyentes. Porque los bancos se deben a sus accionistas pero “La Caixa”, como Franco, sólo responde ante Dios y ante la Historia; y únicamente se distingue del gallego en que también ha de rendir cuentas a un tercero: el jefe de Montilla en el PSC.
 
Por lo que se le entiende a don José, alguna de esas tres instancias ha decidido que el mercado se equivoca al no propiciar la fusión de las grandes empresas energéticas españolas, ni forzar el traslado de la sede de la resultante a Barcelona. Así que, ya se sabe, cuando yerra el mercado, ahí está Montilla y su INI (Instituto Nacionalista de Industria) para desfacer el entuerto. He aquí el tinglado de la nueva farsa: la economía al servicio de la política, y la política al servicio de la deconstrucción. Y en La Moncloa, el licenciado Vidriera al albur de lo que disponga el bachiller Montilla.
 

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