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José García Domínguez

La fracasada y el invicto

Autistas, se resisten a admitir que asistimos al crepúsculo de la clase obrera, extinguido en Occidente el que fuera su ecosistema natural: el viejo capitalismo industrial.

José García Domínguez
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Cuentan en los papeles que lo primero que tiene previsto hacer la fracasada Merkel es justo lo último que se le pasaría por la cabeza al invicto Zapatero: celebrar una reunión con los presidentes de todos los estados federados a fin de discutir en profundidad sobre educación, una prioridad nacional que ya ha absorbido un tercio de los recursos destinados al plan de estímulos contra la crisis. Así, mientras nosotros nos dedicamos con ahínco obsesivo a ensanchar aceras y arcenes, ellos se gastan el dinero en pavimentar los cerebros de la gente.

Y es que, más que el modelo productivo, lo que en verdad está en quiebra aquí es el modelo mental a partir del que izquierda y derecha, que tanto monta, pretenden leer la realidad. Alemania ha entendido que el único recurso productivo capaz de generar una ventaja competitiva sostenible es la inteligencia de los que Peter Drucker llamó trabajadores del conocimiento, esas personas cuya labor no consiste en hacer o mover cosas, sino en ordenar números, conceptos y palabras, o sea, información.

Los profesionales cuyo trabajo, a diferencia de lo que ocurría con la difunta clase obrera, no puede ser supervisado por nadie, pues nadie hay en las empresas que sepa más que ellos mismos acerca de las funciones que deben realizar. Esos individuos que, consecuentes, se perciben y gestionan a sí mismos con una mentalidad mucho más de empresarios que de pasivos asalariados. Los precursores, en fin, de una economía de liberados que, cada vez más, reciben sus ingresos en función de cómo utilizan su tiempo, no de cuánto o dónde lo empleen.

Merkel lo ha comprendido, por eso obra en consecuencia. Sin embargo, el imaginario de marianos, pepiños, zetapés, toxos, cándidos y montoros aún continúa instalado en un universo atávico poblado de capitalistas con puro y chistera, y rudos proletarios fabriles recién salidos de alguna escena de Novecento. Autistas, se resisten a admitir que, igual que el campesinado desapareció de la faz de la Historia en apenas un par de lustros del siglo XX, ahora asistimos al crepúsculo de la clase obrera, extinguido en Occidente el que fuera su ecosistema natural: el viejo capitalismo industrial. ¿Flexibilizar el mercado de trabajo sin antes flexibilizarles a ellos esas orejeras ideológicas? Imposible.

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