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José García Domínguez

La huida

Pretendimos imposible que fuese a hacer lo que ha hecho. Nuestro impagable error, despreciar los manuales de pediatría como fuente de análisis político. Mea culpa.

José García Domínguez
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Se va como vino: huyendo. De las responsabilidades, el rasgo ontológico de todo adolescente. Igual en Irak que en Ferraz. También al modo de los adolescentes, ha acreditado pericia sobrada en el arte de mentir. Aunque lo peor no habrían de ser las muchas falsedades, sino su suprema verdad, acaso la única. "El poder no me cambiará", advirtió solemne apenas pisar La Moncloa, en velada amenaza a los adultos. ¡Y no lo cambió! De ahí que hoy hayamos errado cuantos solemos frecuentar la prosa de Maquiavelo. Simplemente, pretendimos imposible que fuese a hacer lo que ha hecho. Nuestro impagable error, despreciar los manuales de pediatría como fuente de análisis político. Mea culpa.

Tal que así, acaba de dejar en la estacada al PSOE, asunto que no hubiese acarreado drama mayor, y a la España bajo custodia de los mercados de deuda, otro cantar. Dos por el precio de uno, que diría González. El Adolescente abdica del futuro pero, al tiempo, no se resiste a la tentación de controlarlo. Por algo, la renuncia a la candidatura no se compadece con el consiguiente paso que aconsejaría la lógica, esto es, la dimisión irrevocable en la Secretaría General. Condición necesaria y suficiente, ésa, a fin de que las primarias pudieran desarrollarse con una mínima, elemental profilaxis democrática, ajenas a la sombra siempre omnipresente del aparato. Pero, ¡ah!, hasta ahí podríamos llegar.

Y es que, como el Cid, el guardián entre el centeno de León quiere ganar su última batalla después de muerto. En caciquil consecuencia, la manó llamada a mecer la cuna del partido a lo largo del proceso sucesorio será la de Blanco, con el preceptivo auxilio de Pajín e Iglesias, no la aséptica de una comisión gestora. La condición única de Rubalcaba, a saber, que solo se prestaría a jugar con las cartas marcadas, diríase satisfecha. Ahora, obviada la narcolepsia crónica del lector del Marca, únicamente unas municipales trocadas en demoledor plebiscito nacional, como las de cierto 14 de abril, podrían pararlos. Sea como fuere, la Historia no lo absolverá.

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