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José García Domínguez

La importancia de llamarse Alfredo

Desengañémonos, es lo que demandan las democracias dizque maduras: un Jimmy o un Tony –o un José Luis–, tipos vulgares con cierto aire juvenil y una expresión que no recuerde precisamente a Sócrates.

José García Domínguez
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Alfredo, quiere que le digan Alfredo. En la última página de su magna Teoría General, sostenía Keynes que los hombres prácticos, esos sensatos burgueses que tanto desprecian a los intelectuales y se creen libres de toda influencia externa en sus ideas, suelen ser esclavos de un economista muerto. Aunque, como el propio Keynes, también eso comienza a ser historia. Y es que, ahora, acaso porque nada hay que no sea definitivamente empeorable, los gobernantes han devenido reos de un amo mucho más plebeyo: el asesor de imagen. En general, algún politoxicómano ágrafo extraído de los bajos fondos del mundo de la publicidad. Que no otro ha de ser quien le haya ordenado: "Tú serás Alfredo, y sobre esa piedra edificarás mi estrategia de proximidad emocional con el consumidor".

Por lo demás, igual que los castillos se construyeron para defender al individuo frente al Estado, los apellidos fueron creados con el afán de dignificar a los Alfredos que en el mundo han sido. Gracias a acceder un nombre doble –triple en España por mor de la pureza de sangre–, el siervo de la gleba se acercaba al noble, que disponía de una ristra completa, amén del escudo de armas. Justo lo contrario de cuanto el vulgo contemporáneo más desea: retornar al igualitarismo primigenio de la tribu. De ahí que los estadistas insistan en hacerse pasar por Tony o Jimmy al modo de cualquier gañancete. Como de ahí los incrementos de popularidad que experimentan si se revelan incapaces de manejar los rudimentos de la sintaxis.

Desengañémonos, es lo que demandan las democracias dizque maduras: un Jimmy o un Tony –o un José Luis–, tipos vulgares con cierto aire juvenil y una expresión que no recuerde precisamente a Sócrates. En el fondo, no solo se ansía borrar el menor rastro de grandeza o misterio en el Leviatán, también se aspira a desposeerlo de la más elemental dignidad. Tiempo de eunucos el que nos ha tocado vivir. A fin de cuentas, lo que Ortega creyó rasgo exclusivo de la miseria moral hispana, el resentimiento de la masa, constituye epidemia universal: nadie que levante alguna sospecha de inteligencia superior es tolerado ya. Por eso, Carme podía y Rubalcaba, por muy Alfredo que lo pinten, no.

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