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La imposible reforma laboral

Es la sociedad española toda, el muy celebrado pueblo soberano, quien fuerza la parálisis de Ejecutivo y oposición frente a lo poco que desde la política cabe hacer contra la crisis.

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Josep Pla, que tenía muy calado al paisanaje patrio, solía repetir que nada hay en el mundo más parecido a un español de izquierdas que un español de derechas. Y si uno no se deja aturdir por el griterío ambiente, esa reyerta tabernaria que aquí siempre suple al debate de ideas, ha de conceder que el maestro no andaba muy lejos de la verdad. De ahí, por ejemplo, que el ministro Sebastián yerre cuando sentencia, ingenuo de él, que Franco ha muerto. Muy al contrario, Franco, esto es, la España carpetovetónica, estamental, reglamentista, corporativa, antiliberal y castiza, el viejo país ineficiente que hastiara a Gil de Biedma en memorable verso, contra las falsas apariencias, mantiene las constantes vitales intactas.

Y la prueba no es que la progresía prostática ya ande a punto de ganarle la batalla del Ebro en las aulas de la Complutense, sino algo mucho más prosaico por real, positivo y concreto, a saber, la imposible reforma del mercado de trabajo. Porque, contra lo que ordena el lugar común, no son los jefes sindicales, probos funcionarios siempre prestos a servir al Gobierno de turno a cambio de una discreta soldada, los que bloquean cualquier conato de cambio; ni los sindicatos, ni tampoco los políticos como igual manda la demagogia al uso. Por el contrario, es la sociedad española toda, el muy celebrado pueblo soberano, quien fuerza la parálisis de Ejecutivo y oposición frente a lo poco que desde la política cabe hacer contra la crisis.

Así, tanto da que se titulen rojos, azules, socialistas, conservadores, progres o carcas, avenidos todos en feliz comunión, exigen que el Estado les continúe garantizando la más estricta desigualdad de los ciudadanos ante la ley. Ya que no puede restaurarse el Fuero del Trabajo, al menos, barruntan, que se eternice un régimen de castas laborales, el de los parias temporales frente a la aristocracia de los indefinidos, único –por injusto– en la Unión Europea. Tímido, medroso, menguado, musita ahora el Gobierno que a los restos del modelo falangista, ése vigente que defienden con uñas y dientes los amigos de Garzón, acaso, quizá, tal vez, a lo mejor, podría sucederlo un llamado sistema austriaco. Que se vaya preparando Sebastián. Pronto va a enterarse de quién manda. Todavía.    

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