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José García Domínguez

La Paloma y el Virolay

Albert Rivera, el candidato de Ciutadans, es demasiado joven para saber de estas cosas. Apenas acababa de nacer cuando ellos eligieron la nació y nosotros la vida.

José García Domínguez
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En el fondo, la gran fractura invisible de la Cataluña contemporánea no la determina ni la escisión entre izquierdas y derechas, ni la divisoria entre aborígenes sin mácula y charnegos sin pedigrí, ni siquiera la lengua materna de la gente. Esas naderías habrían sido la razón última del abismo que nos escinde si la razón histórica hubiera asistido a Renan. Sin embargo, el que en verdad la tenía era Rilke, y no aquel estafador intelectual que patentó la cantinela del volksgeist. Porque, al final, lo único cierto es que la patria de un hombre es su infancia. Por eso, los de La Paloma y los del Virolay no nos entenderemos jamás.

La Paloma, en la calle del Tigre, era parada y fonda obligatoria en una senda de los elefantes que ninguno de esos tipos –Piqué, Mas, Saura, Carod– ha recorrido ni en sueños. La ruta comenzaba en el sótano más canalla de la ciudad, el del Karma, en la Plaza Real. Luego, continuaba por el viejo Zeleste de la calle Platería. Allí, uno nunca se dejaba de topar con Jaume Sisa, que aún estaba seguro de que cualquier noche iba a salir el sol. Llegaba más tarde a la puerta de La Paloma, posta ineludible en un territorio de nadie donde el viejo Ensanche ya quiere deshacerse de la respetable cuadrícula burguesa que imaginó Cerdá, pero en el que todavía nadie llama barrio chino al Raval. Y terminaba en medio de un descampado de la Diagonal, en la pista de salsa del Bikini. Donde sólo empujando con decisión y sin miramientos a Enrique Vila-Matas y a Jorge Herralde, su sombra inseparable, existía alguna posibilidad, por remota que fuera, de conquistar un mínimo hueco en la barra.

En la adolescencia, los del Virolay y los de La Paloma compartimos los mismos pupitres durante la semana. Pero cuando llegaba el viernes, ellos comenzaban a preparar la mochila y las chirucas para la rutinaria acampada patriótica, y nosotros la imaginación para descubrir los neones de la noche. Ellos, camino ya de su triste, gregario panteísmo, cada día más fascinados por las montañas, iluminados por las piedras y adocenados por las banderas. Nosotros, quizás sin saberlo todavía, enamorados para siempre de la ciudad e individualistas incurables, también para siempre. Después, ya no volveríamos a entendernos nunca.

Albert Rivera, el candidato de Ciutadans, es demasiado joven para saber de estas cosas. Apenas acababa de nacer cuando ellos eligieron la nació y nosotros la vida. Y, sin embargo, ha tenido la intuición de convocar su acto final de campaña precisamente ahí, en La Paloma, en la mitad del camino de la ruta de los elefantes. En esa tierra de nadie donde un día Rilke comenzó a desenmascarar al farsante de Renan. En la verdadera capital de nuestra patria.

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