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La socialdemocracia y la inmigración

La socialdemocracia ya no está en crisis. Ya no. La socialdemocracia está muerta. Muerta y enterrada. La mató la inmigración. Quizá habría que decírselo a Sánchez.

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Inmigrantes en Ceuta | EFE

El gran tema del siglo XXI, nadie lo duda, va a ser el de la inmigración. ¿Y qué ocurre cuando, casi de la noche al día, la oferta de mano de obra global pasa de representar un volumen de unos mil millones de personas a multiplicarse por tres, saltando a sumar en torno a tres mil millones? Pues ocurre que la socialdemocracia pierde toda su razón de ser y muere. De ahí que a estas horas ya solo gobierne en los dos países de la Península Ibérica. No somos del todo conscientes aún, pero la socialdemocracia, aquella poderosísima fuerza política que agrupó a la mitad grosso modo del electorado europeo durante más de medio siglo ininterrumpido, hoy es marginal, cuando no ha desaparecido, en casi todos los rincones de la UE. Al punto de que ya ni tan siquiera existe como referencia real en Francia (¡Francia!), Irlanda, Polonia o Italia (¡Italia!). La socialdemocracia fue la gran protagonista estelar del siglo XX porque el gran tema estelar del siglo XX fue el Estado del Bienestar. Pero el gran tema estelar del XXI, como ya se ha dicho ahí arriba, van a ser los flujos intercontinentales, interminables, masivos e incontrolados de mano de obra barata. Y frente a eso la socialdemocracia no tiene nada propio que decir. Sencillamente, no tiene nada que decir. Así de simple.

En el mundo nuevo, ese en el que estamos desde que cayó el Muro al tiempo que China e India se incorporaron al mercado global, un mundo en el que la oferta de trabajo asalariado ha pasado a ser infinita, solo se conocen tres estrategias políticas de defensa de la cohesión social en los países ricos de Occidente. Y ninguna de las tres se corresponde con los postulados socialdemócratas. Porque la principal seña de identidad de la socialdemocracia era garantizar empleos estables, buenos y bien pagados para todos. Esa era su bandera. Y cuando los empleos no era capaz de crearlos el mercado, se encargaba de alumbrarlos ella misma a través de la inversión pública en grandes infraestructuras. Pero eso resultaba factible cuando la población era limitada, estable y fija. Con tres mil millones de demandantes de empleo saltando constantemente de frontera en frontera, lo mismo, garantizar un trabajo estable y decente a todos, ya no se puede hacer. Ahora es imposible, por entero imposible. Imposible porque muchos de los buenos viejos empleos industriales se están deslocalizando con rumbo a Asia, sobre todo. E imposible también porque demasiados migrantes de todas partes están acudiendo en tromba a Europa y Estados Unidos. Y frente a esa realidad hay, decía, tres estrategias políticas, pero ninguna socialdemócrata.

Existe la estrategia de la derecha populista en sus distintas modalidades que postula el establecimiento de barreras físicas para frenar el proceso. Barreras físicas, una estrategia simple. Existe la estrategia de la izquierda altermundista, que defiende también izar barreras, pero en este caso a los movimientos transfronterizos de capitales a fin de impedir las deslocalizaciones industriales. Y existe, por último, la estrategia de la nueva izquierda populista, en España representada por Podemos, que predica la implantación en los países de Occidente de una u otra variante de renta básica universal que garantice una forma de vida estable a las personas que no vayan a tener empleo de modo más o menos crónico. Las tres, huelga decirlo, son discutidas y discutibles. La que, en cambio, ni es discutida ni discutible es la de la socialdemocracia. Y no lo es porque no existe. Como la famosa crisis de teatro, la manida crisis de la socialdemocracia se ha convertido en un lugar común del debate político con pretensiones teóricas. Pero la socialdemocracia ya no está en crisis. Ya no. La socialdemocracia está muerta. Muerta y enterrada. La mató la inmigración. Quizá habría que decírselo a Sánchez.

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