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La única salida

La gente ha votado lo que ha votado. La gobernabilidad pasa por un cambio en la ley electoral.

José García Domínguez
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Pedro Sánchez | EFE

Tras aquella reedición contemporánea del motín de Esquilache que hemos convenido en llamar 15-M, España, su sistema de partidos, mutó sin solución de continuidad de un régimen de duopolio imperfecto, el mismo con el que mal que bien fuimos tirando desde la Transición, al actual oligopolio asimétrico. Novísima arquitectura institucional, la nuestra, que si a algo recuerda es a las figuras imposibles que recrea la pintura en blanco y negro de cierto holandés inclasificable e inquietante, Maurits Escher. Así, al modo de esas escaleras tan suyas que desafían las leyes de la física, las que suben y bajan a la vez, la voluntad soberana del honrado pueblo ha decidido, y por dos veces consecutivas, echar un pulso a las leyes de la lógica política. Porque ha sido el pueblo, con su tan celebrada sabiduría infusa, que no sus representantes, quien nos ha conducido a este callejón sin salida aparente.

Estas vísperas de nada, y en medio del monocorde ruido mediático con el que se ansía presionar al socialista Sánchez, el observador distante puede reparar en la definitiva inconsistencia lógica del discurso que prima entre el establishment madrileño. Por un lado, y en nombre del pueblo, se exige a voz en grito y con tintes melodramáticos la urgente formación de un Gobierno que ponga fin al actual estado de cosas. Por el otro, con idéntico énfasis gestual y en nombre del mismo pueblo, se reclama a "los políticos" escrupuloso respeto a la voluntad expresada en las urnas. Como si lo uno y lo otro no fuesen propósitos contradictorios. Recuérdese, el PSOE acudió a las últimas elecciones con el veto expreso al PP. Ciudadanos hizo lo propio vetando a Podemos. A su vez, Podemos vetó a Ciudadanos. Y el PP, huelga decirlo, vetó a Podemos. Los electores sabían muy bien, pues, cuáles iban a ser las consecuencias para la gobernabilidad de la preferencia que revelasen en su papeleta electoral.

¿A qué viene entonces tanta lágrima de cocodrilo y tanta charlatanería impostada sobre el sentido del Estado? Como la arquitectura onírica de los lienzos de Escher, el oligopolio asimétrico que ha alumbrado eso que llaman nueva política solo puede existir sobre el papel. En el mundo real, es sabido, no proceden las escaleras que suban y bajen a la vez; ni las escaleras gallegas ni los partidos que ejerzan al unísono de Gobierno y oposición, tal como hoy se reclama a los socialistas. Ocurre que el oligopolio asimétrico, simplemente, es inviable. No se puede tender un cinturón sanitario en torno a Podemos y, a la vez, pretender que el PSOE se inmole en el altar de la gobernabilidad cediéndole a Iglesias el monopolio de la oposición. Es pedir demasiado. Y a cambio de nada. Desengañémonos, únicamente queda una salida: cambiar la ley electoral.

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