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La vida secreta de Pasqual Maragall

Es más, a tal extremo llegó la ira inquisitorial del fascio contra el joven luchador socialista que Franco hubo de violar sus propias leyes para lograr que el dinero llegase puntualmente a Manhattan cada primero de mes.

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"Soy catalán: siempre estoy con los que mandan."
Xavier Cugat, Rey de la rumba

Lo que sigue es cierta frase extractada de la carta de despedida de Pasqual Maragall i Mira como presidente del Partido de los Socialistas de Cataluña. Carta que todos los periódicos, radios y televisiones de Cataluña reproducirán hoy con contenida emoción. Reza así: "Se podría decir que ha tenido que ser el centroizquierda catalán el que ha completado los proyectos de los herederos de la Lliga."

Lo que continúa es un fragmento de un artículo publicado en Libertad Digital el 20 de Noviembre de 2005. Escrito del que ni un solo periódico, radio o canal de televisión de Cataluña se hizo eco en su día -ni después-; y que tampoco ni un solo periódico, radio o televisión de Cataluña mencionará hoy, ni nunca. Esto narraba:

Pasqual Maragall fue el único de los centenares de miles de conspiradores antifranquistas de Barcelona que no se bebió una botella de champán –la voz "cava" aún no se había inventado– el 20 de Noviembre de 1975. Él mismo evoca aquella jornada histórica: "Tenía 34 años, militaba en Convergència Socialista de Catalunya y trabajaba en el Gabinete Técnico del Ayuntamiento de Barcelona. Ese día recuerdo la percepción de un Ayuntamiento dividido entre los que mostraban su tristeza y los que debíamos contener una emoción inmensa. Bajamos a celebrarlo a la Plaza de Sant Miquel."

Tan sobria celebración de una emoción inmensa únicamente se comprende al saber del asedio, persecución y hasta tortura que padeciera Pasqual Maragall a manos de los sicarios del dictador. Eso, a pesar de que el natural discreto de nuestro president preferiría ahorrarnos a los catalanes los pormenores del calvario al que fue sometido por Franco. De ahí que pocos hayan acusado recibo de que el alcalde Porcioles, mano derecha del Caudillo en la Ciudad Condal y hombre de su máxima confianza, humilló a Maragall obligándolo a integrarse en la elite de la elite de su equipo de asesores personales –el sanedrín de veinte validos designados a dedo que respondía por Gabinete Técnico–. Aunque aquella afrenta de los totalitarios apenas supuso el principio de su dramático vía crucis. Porque, poco después, en el colmo del sadismo, Maragall fue forzado por los fascistas a continuar cobrando su sueldo mensual íntegro durante los dos años de excedencia que llenaría reflexionando en Nueva York, entre 1971 y 1973.

Es más, a tal extremo llegó la ira inquisitorial del fascio contra el joven luchador socialista que Franco hubo de violar sus propias leyes para lograr que el dinero llegase puntualmente a Manhattan cada primero de mes. Ocurre que sacar de España tales sumas hubiera supuesto incurrir en un delito de fuga de capitales para quien lo intentase. Razón de que los verdugos a las órdenes del sátrapa ferrolano ordenaran a más de media docena de altos cargos del régimen en Barcelona remitir de forma individual giros periódicos de divisas al expatriado; así, entre todos, completaban los haberes de su nómina sin violar la Ley de Cambios franquista. Ese fue el cruel modo elegido por el autócrata para perseguir y atormentar al sufrido militante clandestino, incluso al otro lado del Atlántico. Por lo demás, tan profundas han sido las secuelas psicológicas padecidas por Maragall tras el siniestro acoso que, a causa del estrés, hasta ha olvidado donar aquel dinero a los contribuyentes barceloneses. Ni aunque fuera actualizándolo a una tasa de sólo el tres por ciento.

Nota bene: "Todos estos que ahora entran en el constitucionalismo estaban bien lejos de la lucha de los comunistas para sacar a Franco y establecer la democracia", Pasqual Maragall, en un homenaje institucional a otro antifranquista.

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