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José García Domínguez

La zorra guardando las gallinas

El oráculo se esconde ora en el céntrico dúplex barcelonés de la Imma y el Joan, ora en la bucólica masía ampurdanesa de la Imma y el Joan, otrora en la espaciosa villa de recreo que la Imma y el Joan gozan más que disfrutan en Mallorca.

José García Domínguez
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Jura y perjura Montilla que va a perseguir hasta el exterminio al especulador inmobiliario ausente. El problema es que ése suele ser un personaje aún más difícil de identificar que el soldado desconocido. ¿Deberá esperar su justo castigo expropiatorio el catalán renegado que abandone el solar patrio para desplazarse por motivos de trabajo al Estado español? ¿Especulará el inmigrante jubilado que confíe las llaves de su vivienda a la portera y marche confiado hacia Córdoba? ¿Maquinará para alterar el precio de las cosas el padre que compre otro pisito pensando en un hijo adolescente? A saber.

El oráculo que habrá de responder a estas y otras preguntas se esconde ora en el céntrico dúplex barcelonés de la Imma y el Joan, ora en la bucólica masía ampurdanesa de la Imma y el Joan, otrora en la espaciosa villa de recreo que la Imma y el Joan gozan más que disfrutan en Mallorca. Y, de momento, calla. Tanto calla que ni siquiera ha anunciado sí piensa actuar de inmediato, y con similar contundencia, contra los mayoristas de botijos o los tratantes de mortadelas.

Pues también ellos son "especuladores"; es decir, gentes que compran mercancías con la esperanza de revenderlas algún día a un precio más alto; si se equivocan, pierden; si por el contrario aciertan y el precio sube, ganan. Arbitraje se llama la figura y es tan antigua como el mundo. ¿Por qué no se ha apresurado, pues, el tripartito a construir un gran lazareto donde encerrar a todos esos siniestros chupasangres?

Al parecer, la razón de tamaña indulgencia reside en que por alguna extraña razón los jóvenes no sufren graves impedimentos para acceder a los botijos y a las mortadelas; sin embargo, sí los tienen, y muchos, para conseguir viviendas a precios razonables. En relación a tan singular paradoja, hasta hay quien barrunta que los especuladores únicamente devienen nocivos para la Humanidad cuando les cabe a ellos decidir qué cantidad de mortadela habrá en las charcuterías de Barcelona o cuántos solares serán urbanizables en Cornellá del Llobregat. Ya se sabe: hay gente pa tó.

Así lo creía, sin ir más lejos, el Gobierno de Aznar, que intentó liberalizar el suelo en 1997, antes de que el Tribunal Constitucional le quitase la competencia para legislar sobre esa materia. Desde aquel momento, quedó claro que únicamente los presidentes de las Comunidades Autónomas retendrían la capacidad exclusiva de regular la oferta –y por tanto el precio– del suelo en España. O sea, en el caso del Sumo Especulador Montilla, la zorra guardando las gallinas.

En fin, si fuera coherente, ya podría ir preparando el expediente de expropiación del Palau de Sant Jaume.

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