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José García Domínguez

Las arcanas cerezas del Bellotari

Con ese verbo abrupto tan suyo, tan de filólogo asilvestrado, el Bellotari lanzó su aviso a navegantes: "Si se tirase de una cereza en el caso de Rafael Vera, caería todo el ramo, y yo no quiero que se hunda la democracia en España".

José García Domínguez
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Desde ayer empieza a estar claro que se trató de una nada velada amenaza. Aunque entonces nadie la entendió. Y eso que él había elegido airearla delante de todo el mundo. Porque la profirió ex profeso ante las cámaras de Televisión Española. En vivo, en directo y en horario de máxima audiencia. Pero nadie la entendió. Fue en el programa de la Otero. Ahora se van a cumplir justo dos años desde aquello.

Lo recuerdo con atónita nitidez. Primero miró fijamente a la cámara y, después, con ese verbo abrupto tan suyo, tan de filólogo asilvestrado, el Bellotari lanzó su aviso a navegantes: "Si se tirase de una cereza en el caso de Rafael Vera, caería todo el ramo, y yo no quiero que se hunda la democracia en España". Un alto dignatario del Estado revelando que las instituciones del Reino de España penden de un delicado ramito de rojas cerezas; y que si a algún indiscreto le diera por estirar demasiado de la cerecita Vera, el edificio entero se vendría abajo. Y nadie lo entendió.

Por lo demás, tampoco era la primera vez. Pues hubo otra, la del golpe de Estado del 23-F. Aquella en que Adolfo Suárez se acercó a Prado del Rey a transmitir un mensaje muy parecido: que no deseaba que la legalidad constitucional volviese a ser un paréntesis en nuestra historia. El drama de Suárez fue que le tomaron en serio demasiado tarde; y el de Ibarra, que era demasiado tarde para que nadie le tomase en serio.

Porque a Ibarra ya nadie se lo tomaba en serio cuando el abogado de Rafael Vera arreó con aquel maletín embutido de millones al objeto de que Paesa colaborase en la caza de Roldán. Ni cuando la mano derecha del mismo Vera, el coronel Hernando, abrazó el otro maletín repleto de más millones, el destinado a que Amedo colaborara en no colaborar con la Ley. Ni cuando él mismo dio en berrear que la caravana etarra de Cañaveras era un montaje propagandístico del Partido Popular.

Ni cuando el mismo otro, Hernando, retornó a la UCO dispuesto a tutelar de cerca a los moritos de Lavapiés. Ni cuando Roldán volvió a la calle. Ni cuando Galindo volvió a la calle. Ni cuando Vera volvió a la calle. Ni cuando Paesa volvió a la vida. Ni cuando, antes de que todos los pájaros echaran a volar, el PSOE volvió al poder desde ese teléfono tan seguro que guarda en Mérida. Ni siquiera cuando, señalando un delicado ramito de cerezas, le bramó a la Otero: "Defendiendo a Vera, defiendo a mi país".

Si es que se le entiende todo. Quién sabe, quizás por eso mismo siga sin querer entenderle nadie.

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